Iglesia Cristiana Bíblica Ra'ah · IPR

Confesión de Fe

Westminster · 1647 — Los treinta y tres capítulos · texto completo y referencias

Lo que la Iglesia Presbiteriana de la Reforma de Colombia confiesa que la Escritura enseña — presentado en lenguaje pastoral para quien se acerca por primera vez.

Carta Pastoral

A la Iglesia Presbiteriana de la Reforma

Amados hermanos:

Tienen en sus manos un regalo que costó siglos en hacerse.

La Confesión de Fe de Westminster, junto con sus dos catecismos, es el fruto de cuatro años de trabajo intenso de los mejores teólogos del protestantismo reformado del siglo XVII. Ciento veintiún hombres — pastores, profesores, jueces, diputados — se reunieron en Westminster desde 1643 hasta 1648 con un solo propósito: articular fielmente lo que las Sagradas Escrituras enseñan sobre Dios, el hombre, el pecado, la redención y la vida cristiana. Debatieron cada capítulo, cada párrafo, cada oración. El resultado es uno de los documentos más completos y rigurosos que la iglesia de Jesucristo haya producido.

La Iglesia Presbiteriana de la Reforma recibe ahora esos Estándares en una edición preparada especialmente para nuestro contexto. Esta edición no es solo una traducción: es un instrumento que muestra dónde está el fundamento bíblico de cada proposición, y que sitúa cada doctrina en su lugar dentro de la historia del pueblo de Dios.

Pero antes de leer una sola línea de la Confesión, quiero decirles algo que me parece más importante que todo lo que sigue:

La Confesión de Fe de Westminster no es la Biblia. Es una síntesis fiel de lo que la Biblia enseña — nada más, nada menos. Su autoridad es derivada: es autoritativa en tanto que expone fielmente la Palabra de Dios, y solo en tanto que lo hace. La Escritura siempre la juzga; nunca al revés.

¿Por qué entonces recibirla con gratitud? Porque la iglesia que ama la Biblia cuida de articular bien lo que la Biblia dice. Y porque nosotros, en Colombia y en el mundo latinoamericano, necesitamos esta herramienta con urgencia. En un contexto marcado por la fragmentación doctrinal y la confusión entre lo que dice la Biblia y lo que dice el predicador favorito del momento, la Confesión de Westminster ofrece un estándar claro: esto es lo que la iglesia reformada ha creído, enseñado y defendido durante casi cuatro siglos, fundamentado en las Sagradas Escrituras.

Esta edición es de ustedes. Léanla como el tesoro que es.

Con amor pastoral,

Rodrigo Andrés Espinoza González

Pastor, Iglesia Cristiana Bíblica Ra'ah · Bogotá, 2026

¿Por qué necesitamos confesiones de fe?

«Yo no creo en credos; yo solo creo en la Biblia.»

Pocas frases se repiten con tanta convicción en las iglesias evangélicas de América Latina. Suena piadoso. Suena humilde. Y sin embargo, esa frase es, en sí misma, un credo — una declaración de fe sobre cómo debe funcionar la autoridad en la iglesia. Quien dice que no tiene confesión de fe, acaba de confesar una.

1

Todos tienen una teología. La pregunta es si la han examinado

Todo cristiano tiene una teología. Cuando lees la Biblia, llegas a conclusiones sobre lo que el texto significa. Cuando oras, asumes cosas sobre quién es Dios, cómo escucha, qué ha prometido. Una confesión de fe no inventa teología; la hace visible. Saca a la luz lo que ya crees para que pueda ser evaluado, corregido y transmitido con integridad.

2

La Biblia misma exige que la iglesia confiese

La objeción más común es que "la Biblia es suficiente". Y así es — pero la suficiencia de la Escritura no elimina la necesidad de confesión; la exige. Pablo le escribe a Timoteo: "Retén el patrón de las sanas palabras" (2 Ti 1:13). Tito 1:9 exige que el anciano sea capaz de "refutar a los que contradicen". Efesios 4:14 describe el peligro de ser "llevados por doquiera de todo viento de doctrina". Una confesión es el ancla doctrinal que protege a la congregación.

3

Las confesiones protegen a la congregación

Las confesiones no existen principalmente para controlar a las ovejas — existen para controlar a los pastores. Cuando un pastor suscribe la Confesión de Westminster, está diciendo públicamente: "Esto es lo que me comprometo a enseñar, y ustedes tienen el derecho de pedirme cuentas si me desvío." En Colombia, donde tantas congregaciones han sufrido bajo pastores que cambian la doctrina según les conviene, esa protección es urgente.

4

Las confesiones conectan a la iglesia con su historia

Cuando una congregación en Bogotá suscribe la Confesión de Westminster, está tomando su lugar en la larga línea de la iglesia de Jesucristo que ha confesado la misma fe a través de los siglos. La Confesión no es el pasado muerto de otro continente. Es la herencia viva de todos los que han creído en el mismo evangelio de gracia soberana, el mismo Dios trino, la misma Escritura infalible.

Una historia breve

Los Estándares de Westminster

El contexto: una iglesia en crisis (1643). En junio de 1643, el Parlamento inglés convocó a una asamblea de teólogos con un mandato urgente: reformar la Iglesia de Inglaterra. Ciento veintiún teólogos ingleses se reunieron en Westminster, junto con ocho comisionados de la iglesia escocesa — entre ellos Samuel Rutherford, George Gillespie y Alexander Henderson. Trabajaron durante casi seis años.

Los documentos (1646–1648). La Asamblea produjo cuatro documentos principales: la Confesión de Fe de Westminster (1647), con 33 capítulos que cubren el sistema completo de la teología reformada; el Catecismo Mayor (1648), con 196 preguntas para instrucción ministerial; el Catecismo Menor (1648), con 107 preguntas para la instrucción de niños y nuevos creyentes; y el Directorio para el Culto Público (1644).

La revisión americana (1788). Cuando los presbiterianos americanos adoptaron los Estándares en 1788, revisaron los capítulos sobre el magistrado civil y los sínodos para reflejar la separación entre iglesia y Estado. Los americanos, viviendo en una nación fundada sobre la libertad religiosa, reconocieron que Cristo es la única cabeza de su iglesia — y ningún gobierno civil puede ejercer autoridad sobre su gobierno. Esa revisión es la que la Iglesia Presbiteriana de la Reforma adopta en comunión con la Orthodox Presbyterian Church (OPC). Es el texto de esta edición.

Cuatro siglos de uso. Desde 1647 hasta hoy, la Confesión de Westminster ha servido como texto confesional de la tradición presbiteriana reformada en Gran Bretaña, Estados Unidos, Corea, Australia, y en las últimas décadas en América Latina. Millones de creyentes han sido formados por el Catecismo Menor. La Confesión ha resistido el escrutinio de cuatro siglos de uso y crítica — y ha salido fortalecida.

Catecismo Menor

Las primeras tres preguntas

P.1 · ¿Cuál es el fin principal del hombre?

R. El fin principal del hombre es glorificar a Dios y gozar de Él para siempre.

P.2 · ¿Qué regla le ha dado Dios al hombre para dirigirle en cómo puede glorificarle y gozar de Él?

R. La Palabra de Dios, contenida en las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento, es la única regla para dirigir al hombre en cómo puede glorificar a Dios y gozar de Él.

P.3 · ¿Qué enseñan principalmente las Escrituras?

R. Las Escrituras enseñan principalmente lo que el hombre ha de creer tocante a Dios, y qué deber le exige Dios al hombre.

Edición oficial de la IPR

Estándares de Westminster — Edición del Pueblo

Confesión de Fe · Catecismo Mayor · Catecismo Menor — con citas bíblicas completas (NBLA), revisión americana de 1788. Para estudio personal, familiar y congregacional.

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Sección I

La revelación de Dios

Cómo nos habla Dios

Capítulo 1

De las Santas Escrituras

  1. 1.Aunque la luz de la naturaleza y las obras de la creación y de la providencia manifiestan de tal manera la bondad, la sabiduría y el poder de Dios, que dejan a los hombres sin excusa, no son, sin embargo, suficientes para dar aquel conocimiento de Dios y de su voluntad que es necesario para la salvación. Por tanto, agradó al Señor, en diversos tiempos y de diversas maneras, revelarse a sí mismo y declarar su voluntad a su Iglesia; y después, para preservar y propagar mejor la verdad, y para el más firme establecimiento y consuelo de la Iglesia contra la corrupción de la carne y la malicia de Satanás y del mundo, agradó consignar por entero esa misma verdad por escrito; lo cual hace que la Santa Escritura sea sumamente necesaria, habiendo cesado ya aquellos modos anteriores por los cuales Dios revelaba su voluntad a su pueblo.

    Ro. 2:14, 15; 1:19, 20; Sal. 19:1–3; Ro. 1:32; 2:1; 1 Co. 1:21; 2:13, 14; Heb. 1:1, 2; Pr. 22:19–21; Lc. 1:3, 4; Ro. 15:4; Mt. 4:4, 7, 10; Is. 8:19, 20; 2 Ti. 3:15; 2 P. 1:19

  2. 2.Bajo el nombre de «Santa Escritura», o Palabra de Dios escrita, se contienen ahora todos los libros del Antiguo y Nuevo Testamento, que son estos: Del Antiguo Testamento: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Josué, Jueces, Rut, 1 Samuel, 2 Samuel, 1 Reyes, 2 Reyes, 1 Crónicas, 2 Crónicas, Esdras, Nehemías, Ester, Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés, Cantares, Isaías, Jeremías, Lamentaciones, Ezequiel, Daniel, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Hageo, Zacarías, Malaquías. Del Nuevo Testamento: Los Evangelios según Mateo, Marcos, Lucas y Juan; los Hechos de los Apóstoles; las Epístolas de Pablo a los Romanos, 1 Corintios, 2 Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, 1 Tesalonicenses, 2 Tesalonicenses, 1 Timoteo, 2 Timoteo, Tito y Filemón; la Epístola a los Hebreos; la Epístola de Santiago; la primera y segunda Epístolas de Pedro; la primera, segunda y tercera Epístolas de Juan; la Epístola de Judas; y el Apocalipsis de Juan. Todos estos fueron dados por inspiración de Dios para que sean la regla de fe y de vida.

    Lc. 16:29, 31; Ef. 2:20; Ap. 22:18, 19; 2 Ti. 3:16

  3. 3.Los libros comúnmente llamados Apócrifos, no siendo de inspiración divina, no son parte del canon de la Escritura y, por tanto, no tienen autoridad alguna en la Iglesia de Dios, ni han de aprobarse ni usarse de otro modo que como otros escritos humanos.

    Lc. 24:27, 44; Ro. 3:2; 2 P. 1:21

  4. 4.La autoridad de la Santa Escritura, por la cual debe ser creída y obedecida, no depende del testimonio de hombre alguno ni de la Iglesia, sino enteramente de Dios (que es la verdad misma), su autor; y por ello ha de ser recibida, porque es la Palabra de Dios.

    2 P. 1:19, 21; 2 Ti. 3:16; 1 Jn. 5:9; 1 Ts. 2:13

  5. 5.Podemos ser movidos e inducidos por el testimonio de la Iglesia a una alta y reverente estima de la Santa Escritura; y lo celestial de su materia, la eficacia de su doctrina, la majestad de su estilo, la concordancia de todas sus partes, el fin del conjunto (que es dar toda la gloria a Dios), la plena revelación que hace del único camino de salvación del hombre, sus muchas y otras excelencias incomparables, y su entera perfección, son argumentos por los cuales evidencia abundantemente ser ella misma la Palabra de Dios. Sin embargo, nuestra plena persuasión y certeza de su infalible verdad y divina autoridad procede de la obra interior del Espíritu Santo, que da testimonio por la Palabra y con la Palabra en nuestros corazones.

    1 Ti. 3:15; 1 Jn. 2:20, 27; Jn. 16:13, 14; 1 Co. 2:10, 11; Is. 59:21

  6. 6.Todo el consejo de Dios, tocante a todas las cosas necesarias para su propia gloria, para la salvación, la fe y la vida del hombre, está expresamente expuesto en la Escritura, o puede deducirse de ella por buena y necesaria consecuencia; y a este consejo nada ha de añadirse en ningún tiempo, ni por nuevas revelaciones del Espíritu, ni por tradiciones de los hombres. No obstante, reconocemos que la iluminación interior del Espíritu de Dios es necesaria para el entendimiento salvífico de aquellas cosas que están reveladas en la Palabra; y que hay algunas circunstancias tocantes al culto de Dios y al gobierno de la Iglesia, comunes a las acciones y sociedades humanas, que han de ordenarse por la luz de la naturaleza y la prudencia cristiana, según las reglas generales de la Palabra, que siempre han de observarse.

    2 Ti. 3:15–17; Gá. 1:8, 9; 2 Ts. 2:2; Jn. 6:45; 1 Co. 2:9–12; 11:13, 14; 14:26, 40

  7. 7.No todas las cosas en la Escritura son igualmente claras en sí mismas, ni igualmente claras para todos; sin embargo, aquellas cosas que es necesario conocer, creer y observar para la salvación están propuestas y declaradas tan claramente en uno u otro lugar de la Escritura, que no solo los doctos, sino también los indoctos, mediante el debido uso de los medios ordinarios, pueden alcanzar un entendimiento suficiente de ellas.

    2 P. 3:16; Sal. 119:105, 130

  8. 8.El Antiguo Testamento en hebreo (que era la lengua natal del antiguo pueblo de Dios), y el Nuevo Testamento en griego (que, al tiempo de escribirse, era la más generalmente conocida entre las naciones), siendo inmediatamente inspirados por Dios y, por su singular cuidado y providencia, conservados puros en todas las edades, son por tanto auténticos; de manera que, en todas las controversias de religión, la Iglesia ha de apelar finalmente a ellos. Pero, por cuanto estas lenguas originales no son conocidas por todo el pueblo de Dios —que tiene derecho a las Escrituras e interés en ellas, y a quien se manda, en el temor de Dios, leerlas y escudriñarlas—, por eso han de traducirse a la lengua vulgar de toda nación a la cual lleguen, para que, morando la Palabra de Dios abundantemente en todos, le adoren de manera aceptable y, por la paciencia y el consuelo de las Escrituras, tengan esperanza.

    Mt. 5:18; Is. 8:20; Hch. 15:15; Jn. 5:39, 46; 1 Co. 14:6, 9, 11, 12, 24, 27, 28; Col. 3:16; Ro. 15:4

  9. 9.La regla infalible de interpretación de la Escritura es la Escritura misma; y por tanto, cuando hay duda sobre el verdadero y pleno sentido de cualquier pasaje de la Escritura (que no es múltiple, sino uno solo), ha de buscarse y conocerse por otros lugares que hablen con mayor claridad.

    2 P. 1:20, 21; Hch. 15:15, 16

  10. 10.El Juez Supremo, por el cual han de decidirse todas las controversias de religión, y examinarse todos los decretos de concilios, opiniones de escritores antiguos, doctrinas de hombres y espíritus privados, y en cuya sentencia hemos de descansar, no puede ser otro sino el Espíritu Santo que habla en la Escritura.

    Mt. 22:29, 31; Ef. 2:20; Hch. 28:25

Sección II

Dios y sus decretos

Quién es Dios y qué hace

Capítulo 2

De Dios y de la Santísima Trinidad

  1. 1.No hay sino un solo Dios vivo y verdadero, que es infinito en su ser y perfección, espíritu purísimo, invisible, sin cuerpo, partes ni pasiones, inmutable, inmenso, eterno, incomprensible, todopoderoso, sumamente sabio, sumamente santo, sumamente libre, sumamente absoluto; que obra todas las cosas según el consejo de su propia voluntad inmutable y justísima, para su propia gloria; amantísimo, clemente, misericordioso, longánime, abundante en bondad y verdad, que perdona la iniquidad, la transgresión y el pecado; galardonador de los que diligentemente le buscan; y además, justísimo y terrible en sus juicios, que aborrece todo pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al culpable.

    Dt. 6:4; 1 Co. 8:4, 6; 1 Ts. 1:9; Jer. 10:10; Job 11:7–9; 26:14; Jn. 4:24; 1 Ti. 1:17; Dt. 4:15, 16; Lc. 24:39; Hch. 14:11, 15; Stg. 1:17; Mal. 3:6; 1 R. 8:27; Jer. 23:23, 24; Sal. 90:2; 145:3; Gn. 17:1; Ap. 4:8; Ro. 16:27; Is. 6:3; Ap. 15:4; Sal. 115:3; Éx. 3:14; Ef. 1:11; Pr. 16:4; Ro. 11:36; Éx. 34:6, 7; Heb. 11:6; Neh. 9:32, 33; Sal. 5:5, 6; Nah. 1:2, 3; Éx. 34:7

  2. 2.Dios tiene toda vida, gloria, bondad y bienaventuranza en sí mismo y de sí mismo; y es el único que en sí mismo y para consigo mismo es suficiente para todo, sin necesidad de criatura alguna que ha hecho, ni derivando de ellas gloria alguna, sino solo manifestando su propia gloria en ellas, por ellas, hacia ellas y sobre ellas. Él es la única fuente de todo ser, de quien, por quien y para quien son todas las cosas; y tiene soberanísimo dominio sobre ellas, para hacer por ellas, para ellas o sobre ellas lo que él quiera. A su vista todas las cosas están patentes y manifiestas; su conocimiento es infinito, infalible e independiente de la criatura, de modo que nada le es contingente o incierto. Él es santísimo en todos sus consejos, en todas sus obras y en todos sus mandamientos. A él se le debe, de parte de los ángeles y de los hombres y de toda otra criatura, todo el culto, servicio u obediencia que tenga a bien requerir de ellos.

    Jn. 5:26; Hch. 7:2; Sal. 119:68; 1 Ti. 6:15; Ro. 9:5; Hch. 17:24, 25; Job 22:2, 3; 41:11; Ro. 11:36; Ap. 4:11; 1 Ti. 6:15; Dn. 4:25, 35; Heb. 4:13; Ro. 11:33, 34; Sal. 147:5; Hch. 15:18; Ez. 11:5; Sal. 145:17; Ro. 7:12; Ap. 5:12–14

  3. 3.En la unidad de la Deidad hay tres personas, de una misma sustancia, poder y eternidad: Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo. El Padre no es de ninguno, ni engendrado ni procedente; el Hijo es eternamente engendrado del Padre; el Espíritu Santo eternamente procedente del Padre y del Hijo.

    1 Jn. 5:7; Mt. 3:16, 17; 28:19; 2 Co. 13:14; Jn. 1:14, 18; 15:26; Gá. 4:6

Capítulo 3

Del decreto eterno de Dios

  1. 1.Dios, desde toda la eternidad, por el sapientísimo y santísimo consejo de su propia voluntad, ordenó libre e inmutablemente todo cuanto sucede; pero de tal manera que ni Dios es por ello autor del pecado, ni se hace violencia a la voluntad de las criaturas, ni se quita la libertad o contingencia de las causas segundas, sino que más bien quedan establecidas.

    Hch. 2:23; 17:12; 4:27, 28; Jn. 19:11; Pr. 16:33

  2. 2.Aunque Dios conoce todo cuanto puede o podría suceder bajo cualesquiera condiciones supuestas, no ha decretado, sin embargo, cosa alguna porque la previera como futura, o como aquello que sucedería bajo tales condiciones.

    Hch. 15:18; 1 S. 23:11, 12; Mt. 11:21, 23

  3. 3.Por el decreto de Dios, para la manifestación de su gloria, algunos hombres y ángeles son predestinados a vida eterna, y otros preordenados a muerte eterna.

    Ro. 9:11, 13, 16, 18; 1 Ti. 5:21; Mt. 25:41; Ro. 9:22, 23; Ef. 1:5, 6; Pr. 16:4

  4. 4.Estos ángeles y hombres, así predestinados y preordenados, están particular e inmutablemente designados; y su número es tan cierto y definido que no puede ser aumentado ni disminuido.

    2 Ti. 2:19; Jn. 13:18

  5. 5.A aquellos del género humano que están predestinados a vida, Dios, antes de la fundación del mundo, conforme a su eterno e inmutable propósito, y al secreto consejo y beneplácito de su voluntad, los escogió en Cristo para gloria eterna, por su mera y libre gracia y amor, sin ninguna previsión de la fe, o de las buenas obras, o de la perseverancia en una u otras, ni de cosa alguna en la criatura, como condiciones o causas que lo movieran a ello; y todo para alabanza de su gloriosa gracia.

    Ef. 1:4, 9, 11; Ro. 8:30; 2 Ti. 1:9; 1 Ts. 5:9; Ro. 9:11, 13, 16; Ef. 1:4, 9; Ef. 2:8, 9

  6. 6.Como Dios ha destinado a los elegidos para gloria, así también, por el eterno y liberérrimo propósito de su voluntad, ha preordenado todos los medios para ello. Por lo cual, los que son elegidos, habiendo caído en Adán, son redimidos por Cristo; son llamados eficazmente a la fe en Cristo por su Espíritu, que obra a su debido tiempo; son justificados, adoptados, santificados, y guardados por su poder, mediante la fe, para salvación. Y ningunos otros son redimidos por Cristo, eficazmente llamados, justificados, adoptados, santificados y salvados, sino solamente los elegidos.

    1 P. 1:2; Ef. 1:4, 5; 2:10; 2 Ts. 2:13; 1 Ts. 5:9, 10; Ro. 8:30; Ef. 1:5; 2 P. 1:10; Jn. 17:9; Ro. 8:28; Jn. 6:64, 65; 10:26; 8:47; 1 Jn. 2:19

  7. 7.Al resto de la humanidad agradó a Dios, según el inescrutable consejo de su propia voluntad, por el cual extiende o retiene la misericordia según le place, para la gloria de su soberano poder sobre sus criaturas, pasarlos por alto; y ordenarlos a deshonra e ira por su pecado, para alabanza de su gloriosa justicia.

    Mt. 11:25, 26; Ro. 9:17, 18, 21, 22; 2 Ti. 2:19, 20; Jud. 4; 1 P. 2:8

  8. 8.La doctrina de este alto misterio de la predestinación ha de ser tratada con especial prudencia y cuidado, para que los hombres, atendiendo a la voluntad de Dios revelada en su Palabra y prestándole obediencia, puedan, por la certeza de su llamamiento eficaz, estar seguros de su elección eterna. Así esta doctrina dará motivo de alabanza, reverencia y admiración de Dios, y de humildad, diligencia y abundante consolación a todos los que sinceramente obedecen el evangelio.

    Ro. 9:20; 11:33; Dt. 29:29; 2 P. 1:10; Ro. 11:5, 6, 20; 8:33; Lc. 10:20

Capítulo 4

De la Creación

  1. 1.Agradó a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, para la manifestación de la gloria de su eterno poder, sabiduría y bondad, crear en el principio, o hacer de la nada, el mundo y todas las cosas que en él hay, sean visibles o invisibles, en el espacio de seis días; y todo muy bueno.

    Heb. 1:2; Jn. 1:2, 3; Gn. 1:2; Job 26:13; 33:4; Ro. 1:20; Jer. 10:12; Sal. 104:24; 33:5, 6; Gn. 1; Heb. 11:3; Col. 1:16; Hch. 17:24

  2. 2.Después de haber hecho Dios todas las demás criaturas, creó al hombre, varón y mujer, con almas racionales e inmortales, dotados de conocimiento, justicia y verdadera santidad, conforme a su propia imagen, teniendo la ley de Dios escrita en sus corazones, y poder para cumplirla; aunque bajo la posibilidad de transgredirla, dejados a la libertad de su propia voluntad, la cual estaba sujeta a cambio. Además de esta ley escrita en sus corazones, recibieron el mandato de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal; el cual, mientras lo guardaron, fueron bienaventurados en su comunión con Dios, y tuvieron dominio sobre las criaturas.

    Gn. 1:27; 2:7 con Ec. 12:7, Lc. 23:43 y Mt. 10:28; Gn. 1:26; Col. 3:10; Ef. 4:24; Ro. 2:14, 15; Ec. 7:29; Gn. 3:6; Ec. 7:29; Gn. 2:17; 3:8–11, 23; Gn. 1:26, 28

Capítulo 5

De la Providencia

  1. 1.Dios, el gran Creador de todas las cosas, sostiene, dirige, dispone y gobierna todas las criaturas, acciones y cosas, desde la más grande hasta la más pequeña, por su sapientísima y santísima providencia, conforme a su infalible presciencia y al libre e inmutable consejo de su propia voluntad, para alabanza de la gloria de su sabiduría, poder, justicia, bondad y misericordia.

    Heb. 1:3; Dn. 4:34, 35; Sal. 135:6; Hch. 17:25, 26, 28; Job 38–41; Mt. 10:29–31; Pr. 15:3; Sal. 104:24; 145:17; Hch. 15:18; Sal. 94:8–11; Ef. 1:11; Sal. 33:10, 11; Is. 63:14; Ef. 3:10; Ro. 9:17; Gn. 45:7; Sal. 145:7

  2. 2.Aunque, en relación con la presciencia y el decreto de Dios, la causa primera, todas las cosas acontecen inmutable e infaliblemente, sin embargo, por la misma providencia, él ordena que acontezcan conforme a la naturaleza de las causas segundas, sea necesaria, libre o contingentemente.

    Hch. 2:23; Gn. 8:22; Jer. 31:35; Éx. 21:13 con Dt. 19:5; 1 R. 22:28, 34; Is. 10:6, 7

  3. 3.Dios, en su providencia ordinaria, hace uso de medios; sin embargo, es libre para obrar sin ellos, sobre ellos y contra ellos, según le place.

    Hch. 27:31, 44; Is. 55:10, 11; Os. 2:21, 22; 1:7; Mt. 4:4; Job 34:20; Ro. 4:19–21; 2 R. 6:6; Dn. 3:27

  4. 4.El poder omnipotente, la insondable sabiduría y la infinita bondad de Dios se manifiestan de tal manera en su providencia, que esta se extiende aun hasta la primera caída y a todos los demás pecados de ángeles y hombres; y esto no por una mera permisión, sino por una permisión tal que tiene unida a sí una sapientísima y poderosísima limitación, y un ordenar y gobernar esos pecados de otras maneras, en una dispensación múltiple, para sus propios santos fines; pero de tal manera que la pecaminosidad de ellos procede solamente de la criatura, y no de Dios, quien, siendo santísimo y justísimo, ni es ni puede ser autor o aprobador del pecado.

    Ro. 11:32–34; 2 S. 24:1 con 1 Cr. 21:1; 1 R. 22:22, 23; 1 Cr. 10:4, 13, 14; 2 S. 16:10; Hch. 2:23; 4:27, 28; 14:16; Sal. 76:10; 2 R. 19:28; Gn. 50:20; Is. 10:6, 7, 12; Stg. 1:13, 14, 17; 1 Jn. 2:16; Sal. 50:21

  5. 5.El sapientísimo, justísimo y clementísimo Dios deja muchas veces, por un tiempo, a sus propios hijos en múltiples tentaciones y en la corrupción de sus propios corazones, para castigarlos por sus pecados anteriores, o para descubrirles la fuerza oculta de la corrupción y el engaño de sus corazones, a fin de que sean humillados; y para levantarlos a una dependencia más estrecha y constante de él para su sostén, y para hacerlos más vigilantes contra todas las futuras ocasiones de pecado, y para otros varios fines justos y santos.

    2 Cr. 32:25, 26, 31; 2 S. 24:1; 2 Co. 12:7–9; Sal. 73; 77:1–12; Mr. 14:66 ss. con Jn. 21:15–17

  6. 6.En cuanto a aquellos hombres malvados e impíos a quienes Dios, como juez justo, ciega y endurece por sus pecados anteriores, no solo les retiene su gracia, por la cual podrían haber sido iluminados en sus entendimientos y movidos en sus corazones, sino que a veces también les retira los dones que tenían, y los expone a aquellos objetos de los cuales su corrupción hace ocasión de pecado; y además, los entrega a sus propias concupiscencias, a las tentaciones del mundo y al poder de Satanás; por lo cual sucede que se endurecen a sí mismos, aun bajo aquellos medios que Dios usa para ablandar a otros.

    Ro. 1:24, 26, 28; 11:7, 8; Dt. 29:4; Mt. 13:12; 25:29; Dt. 2:30; 2 R. 8:12, 13; Sal. 81:11, 12; 2 Ts. 2:10–12; Éx. 7:3 con 8:15, 32; 2 Co. 2:15, 16; Is. 8:14; 1 P. 2:7, 8; Is. 6:9, 10 con Hch. 28:26, 27

  7. 7.Así como la providencia de Dios alcanza, en general, a todas las criaturas, así también, de una manera muy especial, cuida de su Iglesia, y dispone todas las cosas para el bien de ella.

    1 Ti. 4:10; Am. 9:8, 9; Ro. 8:28; Is. 43:3–5, 14

Sección III

El hombre, el pecado y el pacto

Por qué necesitamos un Salvador

Capítulo 6

De la caída del hombre, del pecado y de su castigo

  1. 1.Nuestros primeros padres, seducidos por la astucia y tentación de Satanás, pecaron comiendo del fruto prohibido. Este pecado suyo, agradó a Dios, conforme a su sabio y santo consejo, permitirlo, habiendo propuesto ordenarlo para su propia gloria.

    Gn. 3:13; 2 Co. 11:3; Ro. 11:32

  2. 2.Por este pecado, cayeron de su justicia original y de su comunión con Dios, y así quedaron muertos en el pecado, y enteramente contaminados en todas las partes y facultades del alma y del cuerpo.

    Gn. 3:6–8; Ec. 7:29; Ro. 3:23; Gn. 2:17; Ef. 2:1; Tit. 1:15; Gn. 6:5; Jer. 17:9; Ro. 3:10–18

  3. 3.Siendo ellos la raíz de todo el género humano, la culpa de este pecado fue imputada, y la misma muerte en el pecado y la naturaleza corrompida fueron transmitidas a toda su posteridad que desciende de ellos por generación ordinaria.

    Gn. 1:27, 28; 2:16, 17; Hch. 17:26 con Ro. 5:12, 15–19 y 1 Co. 15:21, 22, 45, 49; Sal. 51:5; Gn. 5:3; Job 14:4; 15:14

  4. 4.De esta corrupción original, por la cual estamos enteramente indispuestos, incapacitados y opuestos a todo bien, y enteramente inclinados a todo mal, proceden todas las transgresiones actuales.

    Ro. 5:6; 8:7; 7:18; Col. 1:21; Gn. 6:5; 8:21; Ro. 3:10–12; Stg. 1:14, 15; Ef. 2:2, 3; Mt. 15:19

  5. 5.Esta corrupción de naturaleza permanece, durante esta vida, en los que son regenerados; y aunque sea perdonada y mortificada por Cristo, sin embargo, tanto ella misma como todos sus movimientos son verdadera y propiamente pecado.

    1 Jn. 1:8, 10; Ro. 7:14, 17, 18, 23; Stg. 3:2; Pr. 20:9; Ec. 7:20; Ro. 7:5, 7, 8, 25; Gá. 5:17

  6. 6.Todo pecado, tanto el original como el actual, siendo transgresión de la justa ley de Dios y contrario a ella, trae, por su propia naturaleza, culpa sobre el pecador, por la cual este queda obligado a la ira de Dios y a la maldición de la ley, y así queda sujeto a la muerte, con todas las miserias espirituales, temporales y eternas.

    1 Jn. 3:4; Ro. 2:15; 3:9, 19; Ef. 2:3; Gá. 3:10; Ro. 6:23; Ef. 4:18; Ro. 8:20; Lm. 3:39; Mt. 25:41; 2 Ts. 1:9

Capítulo 7

Del pacto de Dios con el hombre

  1. 1.La distancia entre Dios y la criatura es tan grande que, aunque las criaturas racionales le deben obediencia como a su Creador, nunca podrían haber tenido goce alguno de él como su bienaventuranza y recompensa, sino por alguna voluntaria condescensión de parte de Dios, la cual le ha agradado expresar por vía de pacto.

    Is. 40:13–17; Job 9:32, 33; 1 S. 2:25; Sal. 113:5, 6; 100:2, 3; Job 22:2, 3; 35:7, 8; Lc. 17:10; Hch. 17:24, 25

  2. 2.El primer pacto hecho con el hombre fue un pacto de obras, en el cual la vida fue prometida a Adán; y en él a su posteridad, bajo condición de obediencia perfecta y personal.

    Gá. 3:12; Ro. 10:5; 5:12–20; Gn. 2:17; Gá. 3:10

  3. 3.El hombre, por su caída, habiéndose hecho incapaz de vida por aquel pacto, agradó al Señor hacer un segundo, comúnmente llamado el pacto de gracia, en el cual ofrece gratuitamente a los pecadores vida y salvación por Jesucristo; requiriendo de ellos fe en él para que sean salvos, y prometiendo dar su Espíritu Santo a todos aquellos que están ordenados para vida, para hacerlos dispuestos y capaces de creer.

    Gá. 3:21; Ro. 8:3; 3:20, 21; Gn. 3:15; Is. 42:6; Mr. 16:15, 16; Jn. 3:16; Ro. 10:6, 9; Gá. 3:11; Ez. 36:26, 27; Jn. 6:44, 45

  4. 4.Este pacto de gracia es frecuentemente presentado en la Escritura con el nombre de testamento, en referencia a la muerte de Jesucristo, el Testador, y a la herencia eterna, con todas las cosas que a ella pertenecen, en él legadas.

    Heb. 9:15–17; 7:22; Lc. 22:20; 1 Co. 11:25

  5. 5.Este pacto fue administrado de manera diferente en el tiempo de la ley y en el tiempo del evangelio: bajo la ley fue administrado por promesas, profecías, sacrificios, la circuncisión, el cordero pascual y otros tipos e instituciones entregados al pueblo de los judíos, todos los cuales prefiguraban a Cristo que había de venir; los cuales eran, para aquel tiempo, suficientes y eficaces, por la operación del Espíritu, para instruir y edificar a los elegidos en la fe en el Mesías prometido, por quien tenían plena remisión de pecados y salvación eterna; y es llamado el antiguo testamento.

    2 Co. 3:6–9; Heb. caps. 7–10; Ro. 4:11; Col. 2:11, 12; 1 Co. 5:7; 10:1–4; Heb. 11:13; Jn. 8:56; Gá. 3:7–9, 14

  6. 6.Bajo el evangelio, cuando Cristo, la sustancia, fue exhibido, los medios de gracia en los cuales este pacto se dispensa son la predicación de la Palabra y la administración de los sacramentos del bautismo y de la cena del Señor; los cuales, aunque menores en número y administrados con más simplicidad y menos gloria externa, sin embargo, en ellos el pacto se presenta con mayor plenitud, evidencia y eficacia espiritual a todas las naciones, tanto judíos como gentiles; y es llamado el nuevo testamento. No hay, por tanto, dos pactos de gracia que difieran en sustancia, sino uno y el mismo bajo diversas administraciones.

    Col. 2:17; Mt. 28:19, 20; 1 Co. 11:23–25; Heb. 12:22–27; Jer. 31:33, 34; Ef. 2:15–19; Lc. 22:20; Gá. 3:14, 16; Hch. 15:11; Ro. 3:21–23, 30; Sal. 32:1 con Ro. 4:3, 6, 16, 17, 23, 24; Heb. 13:8

Sección IV

Cristo y su salvación

El corazón del evangelio

Capítulo 8

De Cristo el Mediador

  1. 1.Agradó a Dios, en su propósito eterno, escoger y ordenar al Señor Jesús, su Hijo unigénito, para ser el Mediador entre Dios y el hombre, el Profeta, Sacerdote y Rey, la Cabeza y Salvador de su Iglesia, el Heredero de todas las cosas y Juez del mundo; a quien dio, desde toda la eternidad, un pueblo para que fuera su simiente, y para ser por él, en el tiempo, redimido, llamado, justificado, santificado y glorificado.

    Is. 42:1; 1 P. 1:19, 20; Jn. 3:16; 1 Ti. 2:5; Hch. 3:22; Heb. 5:5, 6; Sal. 2:6; Lc. 1:33; Ef. 5:23; Heb. 1:2; Hch. 17:31; Jn. 17:6; Sal. 22:30; Is. 53:10; 1 Ti. 2:6; Is. 55:4, 5; 1 Co. 1:30

  2. 2.El Hijo de Dios, la segunda persona de la Trinidad, siendo verdadero y eterno Dios, de una misma sustancia con el Padre e igual a él, cuando vino el cumplimiento del tiempo, tomó sobre sí la naturaleza del hombre, con todas sus propiedades esenciales y debilidades comunes, aunque sin pecado; siendo concebido por el poder del Espíritu Santo en el vientre de la virgen María, de la sustancia de ella. De modo que dos naturalezas enteras, perfectas y distintas, la divinidad y la humanidad, fueron inseparablemente unidas en una persona, sin conversión, composición ni confusión. La cual persona es verdadero Dios y verdadero hombre, mas un solo Cristo, el único Mediador entre Dios y el hombre.

    Jn. 1:1, 14; 1 Jn. 5:20; Fil. 2:6; Gá. 4:4; Heb. 2:14, 16, 17; 4:15; Lc. 1:27, 31, 35; Col. 2:9; Ro. 9:5; 1 P. 3:18; 1 Ti. 3:16; Ro. 1:3, 4; 1 Ti. 2:5

  3. 3.El Señor Jesús, en su naturaleza humana así unida a la divina, fue santificado y ungido con el Espíritu Santo sobre toda medida, teniendo en sí todos los tesoros de sabiduría y conocimiento; en quien agradó al Padre que habitase toda plenitud, a fin de que, siendo santo, inocente, inmaculado y lleno de gracia y de verdad, estuviese perfectamente preparado para ejecutar el oficio de mediador y fiador. El cual oficio no lo tomó para sí mismo, sino que fue llamado a él por su Padre, quien puso en su mano todo poder y juicio, y le dio mandato de ejecutarlo.

    Sal. 45:7; Jn. 3:34; Col. 2:3; 1:19; Heb. 7:26; Jn. 1:14; Hch. 10:38; Heb. 12:24; 7:22; 5:4, 5; Jn. 5:22, 27; Mt. 28:18; Hch. 2:36

  4. 4.Este oficio el Señor Jesús lo asumió de la manera más voluntaria; y para poder cumplirlo, fue hecho bajo la ley, y la cumplió perfectamente; sufrió los más penosos tormentos inmediatamente en su alma, y los más dolorosos padecimientos en su cuerpo; fue crucificado y murió; fue sepultado y permaneció bajo el poder de la muerte, pero no vio corrupción. Al tercer día resucitó de entre los muertos, con el mismo cuerpo en que padeció; con el cual también ascendió al cielo, y allí está sentado a la diestra de su Padre, intercediendo; y volverá para juzgar a los hombres y a los ángeles al fin del mundo.

    Sal. 40:7, 8 con Heb. 10:5–10; Jn. 10:18; Fil. 2:8; Gá. 4:4; Mt. 3:15; 5:17; Mt. 26:37, 38; Lc. 22:44; Mt. 27:46; Mt. 26 y 27; Hch. 2:23, 24, 27; 13:37; Ro. 6:9; 1 Co. 15:3, 4; Jn. 20:25, 27; Mr. 16:19; Ro. 8:34; Heb. 9:24; 7:25; Ro. 14:9, 10; Hch. 1:11; 10:42; Mt. 13:40–42; Jud. 6; 2 P. 2:4

  5. 5.El Señor Jesús, por su perfecta obediencia y sacrificio de sí mismo, que por el Espíritu eterno ofreció a Dios una sola vez, ha satisfecho plenamente la justicia de su Padre, y adquirió, no solo la reconciliación, sino también una herencia eterna en el reino de los cielos, para todos aquellos que el Padre le ha dado.

    Ro. 5:19; Heb. 9:14, 16; 10:14; Ef. 5:2; Ro. 3:25, 26; Dn. 9:24, 26; Col. 1:19, 20; Ef. 1:11, 14; Jn. 17:2; Heb. 9:12, 15

  6. 6.Aunque la obra de la redención no fue efectivamente realizada por Cristo sino después de su encarnación, sin embargo, la virtud, eficacia y beneficios de ella fueron comunicados a los elegidos en todas las edades, sucesivamente desde el principio del mundo, en y por aquellas promesas, tipos y sacrificios en los cuales fue revelado y señalado como la simiente de la mujer que heriría la cabeza de la serpiente, y el cordero inmolado desde el principio del mundo, siendo el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.

    Gá. 4:4, 5; Gn. 3:15; Ap. 13:8; Heb. 13:8

  7. 7.Cristo, en la obra de mediación, actúa conforme a ambas naturalezas, haciendo por cada naturaleza lo que es propio de ella; aunque, por razón de la unidad de la persona, lo que es propio de una naturaleza es a veces atribuido, en la Escritura, a la persona denominada por la otra naturaleza.

    Heb. 9:14; 1 P. 3:18; Hch. 20:28; Jn. 3:13; 1 Jn. 3:16

  8. 8.A todos aquellos para quienes Cristo adquirió la redención, se la aplica y comunica cierta y eficazmente; intercediendo por ellos, y revelándoles, en y por la Palabra, los misterios de la salvación; persuadiéndolos eficazmente por su Espíritu a creer y obedecer, y gobernando sus corazones por su Palabra y Espíritu; venciendo a todos sus enemigos por su poder omnipotente y sabiduría, de tal manera y por tales vías como son más consonantes con su admirable e inescrutable administración.

    Jn. 6:37, 39; 10:15, 16; 1 Jn. 2:1, 2; Ro. 8:34; Jn. 15:13, 15; Ef. 1:7–9; Jn. 17:6; Jn. 14:26; Heb. 12:2; 2 Co. 4:13; Ro. 8:9, 14; 15:18, 19; Jn. 17:17; Sal. 110:1; 1 Co. 15:25, 26; Mal. 4:2, 3; Col. 2:15

Capítulo 9

Del libre albedrío

  1. 1.Dios ha dotado la voluntad del hombre de tal libertad natural, que ni es forzada, ni determinada al bien o al mal por ninguna necesidad absoluta de la naturaleza.

    Mt. 17:12; Stg. 1:14; Dt. 30:19

  2. 2.El hombre, en su estado de inocencia, tenía libertad y poder para querer y hacer lo que era bueno y agradable a Dios; pero, sin embargo, mudablemente, de manera que podía caer de él.

    Ec. 7:29; Gn. 1:26; 2:16, 17; 3:6

  3. 3.El hombre, por su caída a un estado de pecado, ha perdido enteramente toda capacidad de voluntad para cualquier bien espiritual que acompaña a la salvación; de manera que un hombre natural, estando del todo opuesto a ese bien, y muerto en el pecado, no puede, por sus propias fuerzas, convertirse a sí mismo, ni prepararse para ello.

    Ro. 5:6; 8:7; Jn. 15:5; Ro. 3:10, 12; Ef. 2:1, 5; Col. 2:13; Jn. 6:44, 65; Ef. 2:2–5; 1 Co. 2:14; Tit. 3:3–5

  4. 4.Cuando Dios convierte a un pecador y lo traslada al estado de gracia, lo libra de su servidumbre natural bajo el pecado, y, por su sola gracia, lo capacita para querer y hacer libremente lo que es espiritualmente bueno; pero de tal manera que, por razón de la corrupción que permanece en él, no quiere perfecta ni únicamente lo que es bueno, sino que también quiere lo que es malo.

    Col. 1:13; Jn. 8:34, 36; Fil. 2:13; Ro. 6:18, 22; Gá. 5:17; Ro. 7:15, 18, 19, 21, 23

  5. 5.La voluntad del hombre es hecha perfecta e inmutablemente libre para el bien solamente, en el estado de gloria únicamente.

    Ef. 4:13; Heb. 12:23; 1 Jn. 3:2; Jud. 24

Capítulo 10

Del llamamiento eficaz

  1. 1.A todos aquellos que Dios ha predestinado para vida, y solo a ellos, le agrada, en su tiempo señalado y aceptado, llamarlos eficazmente, por su Palabra y Espíritu, sacándolos de aquel estado de pecado y muerte en que están por naturaleza, a la gracia y salvación por Jesucristo; iluminando sus mentes espiritual y salvíficamente para que entiendan las cosas de Dios; quitándoles su corazón de piedra y dándoles un corazón de carne; renovando sus voluntades y, por su poder omnipotente, determinándolas hacia lo que es bueno, y atrayéndolos eficazmente a Jesucristo; pero de tal manera que vienen con la mayor libertad, siendo hechos voluntarios por su gracia.

    Ro. 8:30; 11:7; Ef. 1:10, 11; 2 Ts. 2:13, 14; 2 Co. 3:3, 6; Ro. 8:2; Ef. 2:1–5; 2 Ti. 1:9, 10; Hch. 26:18; 1 Co. 2:10, 12; Ef. 1:17, 18; Ez. 36:26; 11:19; Fil. 2:13; Dt. 30:6; Ez. 36:27; Jn. 6:44, 45; Cnt. 1:4; Sal. 110:3; Jn. 6:37; Ro. 6:16–18

  2. 2.Este llamamiento eficaz proviene solamente de la gracia libre y especial de Dios, no de cosa alguna prevista en el hombre; el cual es en ello enteramente pasivo, hasta que, siendo vivificado y renovado por el Espíritu Santo, queda por ello capacitado para responder a este llamamiento y abrazar la gracia ofrecida y comunicada en él.

    2 Ti. 1:9; Tit. 3:4, 5; Ef. 2:4, 5, 8, 9; Ro. 9:11; 1 Co. 2:14; Ro. 8:7; Ef. 2:5; Jn. 6:37; Ez. 36:27; Jn. 5:25

  3. 3.Los infantes elegidos que mueren en la infancia son regenerados y salvados por Cristo mediante el Espíritu, quien obra cuándo, dónde y cómo le place. Así también todas las demás personas elegidas que son incapaces de ser llamadas externamente por el ministerio de la Palabra.

    Lc. 18:15, 16, y Hch. 2:38, 39, y Jn. 3:3, 5, y 1 Jn. 5:12, y Ro. 8:9 comparados entre sí; Jn. 3:8; 1 Jn. 5:12; Hch. 4:12

  4. 4.Otros, no elegidos, aunque sean llamados por el ministerio de la Palabra y tengan algunas operaciones comunes del Espíritu, nunca vienen verdaderamente a Cristo, y por tanto no pueden ser salvos; mucho menos pueden ser salvos de ninguna otra manera los hombres que no profesan la religión cristiana, por diligentes que sean en ajustar sus vidas a la luz de la naturaleza y a la ley de la religión que profesan; y afirmar y sostener que pueden serlo es muy pernicioso y detestable.

    Mt. 22:14; 7:22; 13:20, 21; Heb. 6:4, 5; Jn. 6:64–66; 8:24; Hch. 4:12; Jn. 14:6; Ef. 2:12; Jn. 4:22; 17:3; 2 Jn. 9–11; 1 Co. 16:22; Gá. 1:6–8

Capítulo 11

De la justificación

  1. 1.A los que Dios llama eficazmente, también los justifica gratuitamente; no infundiendo justicia en ellos, sino perdonándoles sus pecados, y contando y aceptando sus personas como justas; no por cosa alguna obrada en ellos o hecha por ellos, sino solamente por causa de Cristo; ni imputándoles como justicia la fe misma, el acto de creer, ni ninguna otra obediencia evangélica, sino imputándoles la obediencia y satisfacción de Cristo, recibiéndolo y descansando ellos en él y en su justicia por la fe; la cual fe no la tienen de sí mismos: es don de Dios.

    Ro. 8:30; 3:24; 4:5–8; 2 Co. 5:19, 21; Ro. 3:22, 24, 25, 27, 28; Tit. 3:5, 7; Ef. 1:7; Jer. 23:6; 1 Co. 1:30, 31; Ro. 5:17–19; Hch. 10:44; Gá. 2:16; Fil. 3:9; Hch. 13:38, 39; Ef. 2:7, 8

  2. 2.La fe, que así recibe a Cristo y su justicia y descansa en ellos, es el único instrumento de la justificación; pero no está sola en la persona justificada, sino que va siempre acompañada de todas las demás gracias salvadoras, y no es fe muerta, sino que obra por el amor.

    Jn. 1:12; Ro. 3:28; 5:1; Stg. 2:17, 22, 26; Gá. 5:6

  3. 3.Cristo, por su obediencia y muerte, saldó plenamente la deuda de todos los que así son justificados, e hizo una satisfacción propia, real y plena a la justicia de su Padre en favor de ellos. Mas, por cuanto él fue dado por el Padre por ellos, y su obediencia y satisfacción fueron aceptadas en lugar de ellos, y ambas cosas gratuitamente, no por cosa alguna en ellos, su justificación es solo de pura gracia; para que tanto la exacta justicia como la rica gracia de Dios fuesen glorificadas en la justificación de los pecadores.

    Ro. 5:8–10, 19; 1 Ti. 2:5, 6; Heb. 10:10, 14; Dn. 9:24, 26; Is. 53:4–6, 10–12; Ro. 8:32; 2 Co. 5:21; Mt. 3:17; Ef. 5:2; Ro. 3:24; Ef. 1:7; Ro. 3:26; Ef. 2:7

  4. 4.Dios decretó desde toda la eternidad justificar a todos los elegidos, y Cristo, en el cumplimiento del tiempo, murió por los pecados de ellos y resucitó para su justificación; sin embargo, no son justificados hasta que el Espíritu Santo, a su debido tiempo, les aplica efectivamente a Cristo.

    Gá. 3:8; 1 P. 1:2, 19, 20; Ro. 8:30; Gá. 4:4; 1 Ti. 2:6; Ro. 4:25; Col. 1:21, 22; Gá. 2:16; Tit. 3:4–7

  5. 5.Dios continúa perdonando los pecados de los que son justificados; y aunque ellos nunca pueden caer del estado de justificación, pueden, sin embargo, por sus pecados, caer bajo el desagrado paternal de Dios, y no tener restaurada la luz de su rostro hasta que se humillen, confiesen sus pecados, pidan perdón y renueven su fe y arrepentimiento.

    Mt. 6:12; 1 Jn. 1:7, 9; 2:1, 2; Lc. 22:32; Jn. 10:28; Heb. 10:14; Sal. 89:31–33; 51:7–12; 32:5; Mt. 26:75; 1 Co. 11:30, 32; Lc. 1:20

  6. 6.La justificación de los creyentes bajo el antiguo testamento fue, en todos estos respectos, una y la misma con la justificación de los creyentes bajo el nuevo testamento.

    Gá. 3:9, 13, 14; Ro. 4:22–24; Heb. 13:8

Capítulo 12

De la adopción

  1. 1.A todos los que son justificados, Dios se digna hacerlos partícipes de la gracia de la adopción, en su único Hijo Jesucristo y por causa de él; por la cual son recibidos en el número de los hijos de Dios y gozan de sus libertades y privilegios; tienen puesto sobre sí el nombre de él; reciben el Espíritu de adopción; tienen acceso al trono de la gracia con confianza; son capacitados para clamar: Abba, Padre; son compadecidos, protegidos, provistos y castigados por él como por un padre; pero nunca desechados, sino sellados para el día de la redención, y heredan las promesas, como herederos de la salvación eterna.

    Ef. 1:5; Gá. 4:4, 5; Ro. 8:17; Jn. 1:12; Jer. 14:9; 2 Co. 6:18; Ap. 3:12; Ro. 8:15; Ef. 3:12; Ro. 5:2; Gá. 4:6; Sal. 103:13; Pr. 14:26; Mt. 6:30, 32; 1 P. 5:7; Heb. 12:6; Lm. 3:31; Ef. 4:30; Heb. 6:12; 1 P. 1:3, 4; Heb. 1:14

Capítulo 13

De la santificación

  1. 1.Los que son eficazmente llamados y regenerados, teniendo creados en ellos un nuevo corazón y un nuevo espíritu, son además santificados, real y personalmente, por la virtud de la muerte y resurrección de Cristo, por su Palabra y su Espíritu que moran en ellos; el dominio de todo el cuerpo de pecado es destruido, y sus diversas concupiscencias son más y más debilitadas y mortificadas, y ellos más y más vivificados y fortalecidos en todas las gracias salvadoras, para la práctica de la verdadera santidad, sin la cual nadie verá al Señor.

    1 Co. 6:11; Hch. 20:32; Fil. 3:10; Ro. 6:5, 6; Jn. 17:17; Ef. 5:26; 2 Ts. 2:13; Ro. 6:6, 14; Gá. 5:24; Ro. 8:13; Col. 1:11; Ef. 3:16–19; 2 Co. 7:1; Heb. 12:14

  2. 2.Esta santificación se extiende a todo el hombre, aunque es imperfecta en esta vida: quedan todavía algunos remanentes de corrupción en cada parte, de donde surge una guerra continua e irreconciliable: la carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne.

    1 Ts. 5:23; 1 Jn. 1:10; Ro. 7:18, 23; Fil. 3:12; Gá. 5:17; 1 P. 2:11

  3. 3.En esta guerra, aunque la corrupción que queda pueda por un tiempo prevalecer mucho, sin embargo, por el continuo suministro de fuerza del Espíritu santificador de Cristo, la parte regenerada vence; y así los santos crecen en gracia, perfeccionando la santidad en el temor de Dios.

    Ro. 7:23; 6:14; Ef. 4:15, 16; 2 P. 3:18; 2 Co. 3:18; 7:1

Capítulo 14

De la fe salvadora

  1. 1.La gracia de la fe, por la cual los elegidos son capacitados para creer para la salvación de sus almas, es la obra del Espíritu de Cristo en sus corazones, y es obrada ordinariamente por el ministerio de la Palabra; por el cual también, y por la administración de los sacramentos y la oración, es aumentada y fortalecida.

    Heb. 10:39; 2 Co. 4:13; Ef. 1:17–19; 2:8; Ro. 10:14, 17; 1 P. 2:2; Hch. 20:32; Ro. 4:11; Lc. 17:5; Ro. 1:16, 17

  2. 2.Por esta fe, el cristiano cree que es verdadero todo lo que está revelado en la Palabra, por la autoridad de Dios mismo que habla en ella; y actúa de manera diferente según lo que cada pasaje particular de ella contiene: obedeciendo los mandatos, temblando ante las amenazas, y abrazando las promesas de Dios para esta vida y para la venidera. Pero los actos principales de la fe salvadora son: aceptar, recibir y descansar solo en Cristo para la justificación, la santificación y la vida eterna, en virtud del pacto de gracia.

    Jn. 4:42; 1 Ts. 2:13; 1 Jn. 5:10; Hch. 24:14; Ro. 16:26; Is. 66:2; Heb. 11:13; 1 Ti. 4:8; Jn. 1:12; Hch. 16:31; Gá. 2:20; Hch. 15:11

  3. 3.Esta fe es diferente en grados: débil o fuerte; puede ser frecuentemente y de muchas maneras atacada y debilitada, pero alcanza la victoria; creciendo en muchos hasta alcanzar una plena seguridad por medio de Cristo, quien es tanto el autor como el consumador de nuestra fe.

    Heb. 5:13, 14; Ro. 4:19, 20; Mt. 6:30; 8:10; Lc. 22:31, 32; Ef. 6:16; 1 Jn. 5:4, 5; Heb. 6:11, 12; 10:22; Col. 2:2; Heb. 12:2

Capítulo 15

Del arrepentimiento para vida

  1. 1.El arrepentimiento para vida es una gracia evangélica, cuya doctrina ha de ser predicada por todo ministro del evangelio, así como la de la fe en Cristo.

    Zac. 12:10; Hch. 11:18; Lc. 24:47; Mr. 1:15; Hch. 20:21

  2. 2.Por él, el pecador —a la vista y sentido no solo del peligro, sino también de la inmundicia y odiosidad de sus pecados, por ser contrarios a la santa naturaleza y justa ley de Dios, y aprehendiendo la misericordia de Dios en Cristo para los que se arrepienten— se duele de sus pecados y los aborrece de tal manera que se vuelve de todos ellos a Dios, proponiéndose y esforzándose por andar con él en todos los caminos de sus mandamientos.

    Ez. 18:30, 31; 36:31; Is. 30:22; Sal. 51:4; Jer. 31:18, 19; Jl. 2:12, 13; Am. 5:15; Sal. 119:128; 2 Co. 7:11; Sal. 119:6, 59, 106; Lc. 1:6; 2 R. 23:25

  3. 3.Aunque el arrepentimiento no ha de ser objeto de confianza como si fuera alguna satisfacción por el pecado o alguna causa de su perdón —lo cual es acto de la libre gracia de Dios en Cristo—, es, sin embargo, de tal necesidad para todos los pecadores, que nadie puede esperar perdón sin él.

    Ez. 36:31, 32; 16:61–63; Os. 14:2, 4; Ro. 3:24; Ef. 1:7; Lc. 13:3, 5; Hch. 17:30, 31

  4. 4.Así como no hay pecado tan pequeño que no merezca condenación, así tampoco hay pecado tan grande que pueda traer condenación sobre los que verdaderamente se arrepienten.

    Ro. 6:23; 5:12; Mt. 12:36; Is. 55:7; Ro. 8:1; Is. 1:16, 18

  5. 5.Los hombres no deben contentarse con un arrepentimiento general, sino que es deber de cada uno esforzarse por arrepentirse de sus pecados particulares, particularmente.

    Sal. 19:13; Lc. 19:8; 1 Ti. 1:13, 15

  6. 6.Así como todo hombre está obligado a confesar privadamente sus pecados a Dios, orando por el perdón de ellos —con lo cual, y con el abandono de ellos, hallará misericordia—, así también el que escandaliza a su hermano o a la Iglesia de Cristo debe estar dispuesto, mediante confesión privada o pública y dolor por su pecado, a declarar su arrepentimiento a los ofendidos, quienes entonces deben reconciliarse con él y recibirlo en amor.

    Sal. 51:4, 5, 7, 9, 14; 32:5, 6; Pr. 28:13; 1 Jn. 1:9; Stg. 5:16; Lc. 17:3, 4; Jos. 7:19; 2 Co. 2:8

Capítulo 16

De las buenas obras

  1. 1.Buenas obras son solamente aquellas que Dios ha mandado en su santa Palabra, y no las que, sin la autoridad de ella, son inventadas por los hombres por celo ciego o bajo cualquier pretexto de buena intención.

    Mi. 6:8; Ro. 12:2; Heb. 13:21; Mt. 15:9; Is. 29:13; 1 P. 1:18; Ro. 10:2; Jn. 16:2; 1 S. 15:21–23

  2. 2.Estas buenas obras, hechas en obediencia a los mandamientos de Dios, son los frutos y evidencias de una fe verdadera y viva; y por ellas los creyentes manifiestan su gratitud, fortalecen su seguridad, edifican a sus hermanos, adornan la profesión del evangelio, tapan la boca de los adversarios y glorifican a Dios, cuya hechura son, creados en Cristo Jesús para ello, a fin de que, teniendo su fruto para santidad, tengan como fin la vida eterna.

    Stg. 2:18, 22; Sal. 116:12, 13; 1 P. 2:9; 1 Jn. 2:3, 5; 2 P. 1:5–10; 2 Co. 9:2; Mt. 5:16; Tit. 2:5, 9–12; 1 Ti. 6:1; 1 P. 2:15; Fil. 1:11; Jn. 15:8; Ef. 2:10; Ro. 6:22

  3. 3.Su capacidad para hacer buenas obras no procede en manera alguna de ellos mismos, sino enteramente del Espíritu de Cristo. Y para que sean capacitados para ello, además de las gracias que ya han recibido, se requiere una influencia actual del mismo Espíritu Santo, que obre en ellos tanto el querer como el hacer por su buena voluntad; pero no por ello deben volverse negligentes, como si no estuvieran obligados a cumplir deber alguno sin una moción especial del Espíritu, sino que deben ser diligentes en avivar la gracia de Dios que está en ellos.

    Jn. 15:4–6; Ez. 36:26, 27; Fil. 2:13; 4:13; 2 Co. 3:5; Fil. 2:12; Heb. 6:11, 12; 2 P. 1:3, 5, 10, 11; Is. 64:7; 2 Ti. 1:6; Hch. 26:6, 7; Jud. 20, 21

  4. 4.Los que en su obediencia alcanzan la mayor altura posible en esta vida, están tan lejos de poder supererogar y hacer más de lo que Dios requiere, que les falta mucho de lo que por deber están obligados a hacer.

    Lc. 17:10; Neh. 13:22; Job 9:2, 3; Gá. 5:17

  5. 5.Nosotros no podemos, ni por nuestras mejores obras, merecer de la mano de Dios el perdón del pecado o la vida eterna, por la gran desproporción que hay entre ellas y la gloria venidera, y por la infinita distancia que hay entre nosotros y Dios, a quien por ellas no podemos beneficiar ni satisfacer por la deuda de nuestros pecados anteriores; sino que, cuando hemos hecho todo lo que podemos, no hemos hecho más que nuestro deber, y somos siervos inútiles; y porque, en cuanto son buenas, proceden de su Espíritu; y en cuanto son hechas por nosotros, están contaminadas y mezcladas con tanta debilidad e imperfección, que no pueden soportar la severidad del juicio de Dios.

    Ro. 3:20; 4:2, 4, 6; Ef. 2:8, 9; Tit. 3:5–7; Ro. 8:18; Sal. 16:2; Job 22:2, 3; 35:7, 8; Lc. 17:10; Ro. 8:13, 14; Is. 64:6; Gá. 5:22, 23; Sal. 143:2; 130:3

  6. 6.Sin embargo, siendo aceptadas las personas de los creyentes por medio de Cristo, sus buenas obras también son aceptadas en él; no como si fueran en esta vida enteramente irreprochables e irreprensibles a los ojos de Dios, sino que él, mirándolas en su Hijo, se complace en aceptar y recompensar lo que es sincero, aunque esté acompañado de muchas debilidades e imperfecciones.

    Ef. 1:6; 1 P. 2:5; Éx. 28:38; Gn. 4:4 con Heb. 11:4; Job 9:20; Sal. 143:2; Heb. 13:20, 21; 2 Co. 8:12; Heb. 6:10; Mt. 25:21, 23

  7. 7.Las obras hechas por hombres no regenerados, aunque en cuanto a su materia puedan ser cosas que Dios manda, y de buen uso tanto para ellos como para otros; sin embargo, por cuanto no proceden de un corazón purificado por la fe, ni son hechas de manera recta conforme a la Palabra, ni para el fin recto, la gloria de Dios, son por tanto pecaminosas y no pueden agradar a Dios ni hacer a un hombre apto para recibir gracia de Dios. Y, no obstante, su descuido de ellas es más pecaminoso y desagrada más a Dios.

    2 R. 10:30, 31; 1 R. 21:27, 29; Fil. 1:15, 16, 18; Gn. 4:5 con Heb. 11:4, 6; 1 Co. 13:3; Mt. 6:2, 5, 16; Hag. 2:14; Tit. 1:15; Am. 5:21, 22; Os. 1:4; Ro. 9:16; Tit. 3:5; Sal. 14:4; 36:3; Job 21:14, 15; Mt. 25:41–43, 45; 23:23

Capítulo 17

De la perseverancia de los santos

  1. 1.Aquellos a quienes Dios ha aceptado en su Amado, eficazmente llamados y santificados por su Espíritu, no pueden caer del estado de gracia ni total ni finalmente, sino que ciertamente perseverarán en él hasta el fin, y serán eternamente salvos.

    Fil. 1:6; 2 P. 1:10; Jn. 10:28, 29; 1 Jn. 3:9; 1 P. 1:5, 9

  2. 2.Esta perseverancia de los santos no depende de su propio libre albedrío, sino de la inmutabilidad del decreto de elección, que fluye del amor libre e inmutable de Dios Padre; de la eficacia del mérito y de la intercesión de Jesucristo; de la permanencia del Espíritu y de la simiente de Dios en ellos; y de la naturaleza del pacto de gracia; de todo lo cual surge también la certeza e infalibilidad de ella.

    2 Ti. 2:18, 19; Jer. 31:3; Heb. 10:10, 14; 13:20, 21; 9:12–15; Ro. 8:33–39; Jn. 17:11, 24; Lc. 22:32; Heb. 7:25; Jn. 14:16, 17; 1 Jn. 2:27; 3:9; Jer. 32:40; Jn. 10:28; 2 Ts. 3:3; 1 Jn. 2:19

  3. 3.Sin embargo, ellos pueden, por las tentaciones de Satanás y del mundo, por el predominio de la corrupción que queda en ellos y por el descuido de los medios de su preservación, caer en pecados graves, y por algún tiempo permanecer en ellos; por lo cual incurren en el desagrado de Dios, y entristecen a su Espíritu Santo; quedan privados de alguna medida de sus gracias y consuelos; tienen sus corazones endurecidos y sus conciencias heridas; dañan y escandalizan a otros, y atraen sobre sí juicios temporales.

    Mt. 26:70, 72, 74; Sal. 51:14; Is. 64:5, 7, 9; 2 S. 11:27; Ef. 4:30; Sal. 51:8, 10, 12; Ap. 2:4; Cnt. 5:2–4, 6; Is. 63:17; Mr. 6:52; 16:14; Sal. 32:3, 4; 51:8; 2 S. 12:14; Sal. 89:31, 32; 1 Co. 11:32

Capítulo 18

De la seguridad de la gracia y de la salvación

  1. 1.Aunque los hipócritas y otros hombres no regenerados puedan engañarse vanamente con falsas esperanzas y presunciones carnales de estar en el favor de Dios y en estado de salvación —la cual esperanza suya perecerá—, sin embargo, los que verdaderamente creen en el Señor Jesús y lo aman con sinceridad, esforzándose por andar delante de él en toda buena conciencia, pueden en esta vida estar ciertamente seguros de que están en estado de gracia, y pueden regocijarse en la esperanza de la gloria de Dios, esperanza que nunca los avergonzará.

    Job 8:13, 14; Mi. 3:11; Dt. 29:19; Jn. 8:41; Mt. 7:22, 23; 1 Jn. 2:3; 3:14, 18, 19, 21, 24; 5:13; Ro. 5:2, 5

  2. 2.Esta certeza no es una mera persuasión conjetural y probable, fundada en una esperanza falible, sino una seguridad infalible de fe, fundada en la verdad divina de las promesas de salvación, en la evidencia interna de aquellas gracias a las cuales se hacen estas promesas, y en el testimonio del Espíritu de adopción, que da testimonio juntamente con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; el cual Espíritu es las arras de nuestra herencia, por quien somos sellados para el día de la redención.

    Heb. 6:11, 19; 6:17, 18; 2 P. 1:4, 5, 10, 11; 1 Jn. 2:3; 3:14; 2 Co. 1:12; Ro. 8:15, 16; Ef. 1:13, 14; 4:30; 2 Co. 1:21, 22

  3. 3.Esta seguridad infalible no pertenece de tal manera a la esencia de la fe, que un verdadero creyente no pueda esperar largo tiempo y luchar con muchas dificultades antes de ser partícipe de ella; sin embargo, siendo capacitado por el Espíritu para conocer las cosas que le son dadas gratuitamente por Dios, puede alcanzarla, sin revelación extraordinaria, en el recto uso de los medios ordinarios. Y por tanto, es deber de cada uno poner toda diligencia en hacer firme su llamamiento y elección; para que así su corazón se ensanche en paz y gozo en el Espíritu Santo, en amor y gratitud a Dios, y en fuerza y alegría en los deberes de la obediencia, que son los frutos propios de esta seguridad: tan lejos está ella de inclinar a los hombres a la relajación.

    1 Jn. 5:13; Is. 50:10; Mr. 9:24; Sal. 88; 77:1–12; 1 Co. 2:12; 1 Jn. 4:13; Heb. 6:11, 12; Ef. 3:17–19; 2 P. 1:10; Ro. 5:1, 2, 5; 14:17; 15:13; Ef. 1:3, 4; Sal. 4:6, 7; 119:32; 1 Jn. 2:1, 2; Ro. 6:1, 2; Tit. 2:11, 12, 14; 2 Co. 7:1; Ro. 8:1, 12; 1 Jn. 3:2, 3; Sal. 130:4; 1 Jn. 1:6, 7

  4. 4.Los verdaderos creyentes pueden tener la seguridad de su salvación zarandeada, disminuida e interrumpida de diversas maneras: por negligencia en conservarla; por caer en algún pecado especial que hiere la conciencia y entristece al Espíritu; por alguna tentación súbita o vehemente; por retirarles Dios la luz de su rostro, permitiendo aun a los que le temen andar en tinieblas y no tener luz. Sin embargo, nunca quedan enteramente destituidos de aquella simiente de Dios y vida de fe, de aquel amor a Cristo y a los hermanos, de aquella sinceridad de corazón y conciencia del deber, de las cuales, por la operación del Espíritu, esta seguridad puede ser revivida a su debido tiempo, y por las cuales, entre tanto, son sostenidos para no caer en total desesperación.

    Cnt. 5:2, 3, 6; Sal. 51:8, 12, 14; Ef. 4:30, 31; Sal. 77:1–10; Mt. 26:69–72; Sal. 31:22; 88; Is. 50:10; 1 Jn. 3:9; Lc. 22:32; Job 13:15; Sal. 73:15; 22:1

Sección V

La vida cristiana

Caminar con Cristo cada día

Capítulo 19

De la ley de Dios

  1. 1.Dios dio a Adán una ley, como pacto de obras, por la cual lo obligó a él y a toda su posteridad a una obediencia personal, entera, exacta y perpetua; prometió la vida por su cumplimiento y amenazó con la muerte por su quebrantamiento; y lo dotó de poder y capacidad para guardarla.

    Gn. 1:26, 27 con 2:17; Ro. 2:14, 15; 10:5; 5:12, 19; Gá. 3:10, 12; Ec. 7:29; Job 28:28

  2. 2.Esta ley, después de la caída, continuó siendo una regla perfecta de justicia; y, como tal, fue entregada por Dios en el monte Sinaí en diez mandamientos, escritos en dos tablas; los cuatro primeros mandamientos contienen nuestro deber hacia Dios, y los otros seis nuestro deber hacia el hombre.

    Stg. 1:25; 2:8, 10–12; Ro. 13:8, 9; Dt. 5:32; 10:4; Éx. 34:1; Mt. 22:37–40

  3. 3.Además de esta ley, comúnmente llamada moral, agradó a Dios dar al pueblo de Israel, como a una Iglesia menor de edad, leyes ceremoniales que contienen varias instituciones típicas: en parte de culto, prefigurando a Cristo, sus gracias, acciones, padecimientos y beneficios; y en parte presentando diversas instrucciones sobre deberes morales. Todas estas leyes ceremoniales están ahora abrogadas bajo el nuevo testamento.

    Heb. 9; 10:1; Gá. 4:1–3; Col. 2:17; 1 Co. 5:7; 2 Co. 6:17; Jud. 23; Col. 2:14, 16, 17; Dn. 9:27; Ef. 2:15, 16

  4. 4.A ellos también, como a un cuerpo político, les dio diversas leyes judiciales, que expiraron junto con el estado de aquel pueblo, y no obligan ahora a ningún otro, más allá de lo que su equidad general requiera.

    Éx. 21; 22:1–29; Gn. 49:10 con 1 P. 2:13, 14; Mt. 5:17 con 38, 39; 1 Co. 9:8–10

  5. 5.La ley moral obliga para siempre a todos, tanto a los justificados como a los demás, a su obediencia; y esto no solo en consideración a la materia contenida en ella, sino también en respeto a la autoridad de Dios el Creador, quien la dio. Y Cristo en el evangelio en ninguna manera disuelve esta obligación, sino que la fortalece mucho más.

    Ro. 13:8–10; Ef. 6:2; 1 Jn. 2:3, 4, 7, 8; Stg. 2:10, 11; Mt. 5:17–19; Stg. 2:8; Ro. 3:31

  6. 6.Aunque los verdaderos creyentes no están bajo la ley como pacto de obras, para ser por ella justificados o condenados, sin embargo, ella es de gran utilidad para ellos, así como para otros, en cuanto que, como regla de vida, informándoles de la voluntad de Dios y de su deber, los dirige y obliga a andar conforme a ella; descubriendo también las pecaminosas contaminaciones de su naturaleza, corazones y vidas, de tal manera que, examinándose por ella, lleguen a una mayor convicción de su pecado, humillación por él y odio contra él, junto con una visión más clara de la necesidad que tienen de Cristo y de la perfección de su obediencia. Es igualmente útil a los regenerados para refrenar sus corrupciones, en cuanto prohíbe el pecado; y sus amenazas sirven para mostrar lo que aun sus pecados merecen, y qué aflicciones pueden esperar por ellos en esta vida, aunque libres de la maldición que por ellos amenaza la ley. Sus promesas, de igual manera, les muestran la aprobación que Dios da a la obediencia, y qué bendiciones pueden esperar por su cumplimiento, aunque no como debidas a ellos por la ley como pacto de obras; de manera que el que un hombre haga lo bueno y se abstenga de lo malo porque la ley lo anima a lo uno y lo disuade de lo otro, no es evidencia de que esté bajo la ley y no bajo la gracia.

    Ro. 6:14; Gá. 2:16; 3:13; 4:4, 5; Hch. 13:39; Ro. 8:1; 7:12, 22, 25; Sal. 119:4–6; 1 Co. 7:19; Gá. 5:14, 16, 18–23; Ro. 7:7; 3:20; Stg. 1:23–25; Ro. 7:9, 14, 24; Gá. 3:24; Ro. 8:3, 4; Stg. 2:11; Sal. 119:101, 104, 128; Esd. 9:13, 14; Sal. 89:30–34; Lv. 26:1–14 con 2 Co. 6:16; Ef. 6:2, 3; Sal. 37:11 con Mt. 5:5; Sal. 19:11; Gá. 2:16; Lc. 17:10; Ro. 6:12, 14; 1 P. 3:8–12 con Sal. 34:12–16; Heb. 12:28, 29

  7. 7.Tampoco son los usos de la ley antes mencionados contrarios a la gracia del evangelio, sino que concuerdan dulcemente con ella: el Espíritu de Cristo subyuga y capacita la voluntad del hombre para hacer libre y alegremente lo que la voluntad de Dios, revelada en la ley, requiere que se haga.

    Gá. 3:21; Ez. 36:27; Heb. 8:10 con Jer. 31:33

Capítulo 20

De la libertad cristiana y de la libertad de conciencia

  1. 1.La libertad que Cristo ha adquirido para los creyentes bajo el evangelio consiste en su libertad de la culpa del pecado, de la ira condenatoria de Dios y de la maldición de la ley moral; y en ser librados de este presente siglo malo, de la servidumbre a Satanás y del dominio del pecado, del mal de las aflicciones, del aguijón de la muerte, de la victoria del sepulcro y de la condenación eterna; como también en su libre acceso a Dios, y en rendirle obediencia no por temor servil, sino por amor filial y con ánimo dispuesto. Todo lo cual era común también a los creyentes bajo la ley. Pero, bajo el nuevo testamento, la libertad de los cristianos se amplía aún más: en su libertad del yugo de la ley ceremonial a que estaba sujeta la Iglesia judía; en mayor confianza de acceso al trono de la gracia; y en comunicaciones más plenas del Espíritu libre de Dios, de las que ordinariamente participaban los creyentes bajo la ley.

    Tit. 2:14; 1 Ts. 1:10; Gá. 3:13; 1:4; Col. 1:13; Hch. 26:18; Ro. 6:14; 8:28; Sal. 119:71; 1 Co. 15:54–57; Ro. 8:1; 5:1, 2; 8:14, 15; 1 Jn. 4:18; Gá. 3:9, 14; 4:1–3, 6, 7; 5:1; Hch. 15:10, 11; Heb. 4:14, 16; 10:19–22; Jn. 7:38, 39; 2 Co. 3:13, 17, 18

  2. 2.Dios solo es Señor de la conciencia, y la ha dejado libre de las doctrinas y mandamientos de hombres que sean en algo contrarios a su Palabra o que, en asuntos de fe o de culto, estén fuera de ella. De manera que creer tales doctrinas, u obedecer tales mandamientos por motivos de conciencia, es traicionar la verdadera libertad de conciencia; y el exigir una fe implícita y una obediencia absoluta y ciega es destruir la libertad de conciencia, y también la razón.

    Stg. 4:12; Ro. 14:4; Hch. 4:19; 5:29; 1 Co. 7:23; Mt. 23:8–10; 2 Co. 1:24; Mt. 15:9; Col. 2:20, 22, 23; Gá. 1:10; 2:4, 5; 5:1; Ro. 10:17; 14:23; Is. 8:20; Hch. 17:11; Jn. 4:22; Os. 5:11; Ap. 13:12, 16, 17; Jer. 8:9

  3. 3.Los que, bajo pretexto de libertad cristiana, practican algún pecado o abrigan alguna concupiscencia, destruyen con ello el fin de la libertad cristiana, que es que, librados de las manos de nuestros enemigos, sirvamos al Señor sin temor, en santidad y justicia delante de él, todos los días de nuestra vida.

    Gá. 5:13; 1 P. 2:16; 2 P. 2:19; Jn. 8:34; Lc. 1:74, 75

  4. 4.Y por cuanto los poderes que Dios ha ordenado y la libertad que Cristo ha adquirido no han sido destinados por Dios para destruirse, sino para sostenerse y preservarse mutuamente, los que, bajo pretexto de libertad cristiana, se opongan a cualquier poder legítimo, o al ejercicio legítimo de él, sea civil o eclesiástico, resisten la ordenanza de Dios. Y por publicar tales opiniones o mantener tales prácticas que sean contrarias a la luz de la naturaleza o a los principios conocidos del cristianismo —en cuanto a la fe, el culto o la conducta—, o al poder de la piedad; o tales opiniones o prácticas erróneas que, sea por su propia naturaleza, sea por la manera de publicarlas o mantenerlas, sean destructivas de la paz externa y del orden que Cristo ha establecido en la Iglesia, pueden lícitamente ser llamados a cuentas y procesados por las censuras de la Iglesia.

    Mt. 12:25; 1 P. 2:13, 14, 16; Ro. 13:1–8; Heb. 13:17; 2 Ts. 3:14; 1 Ti. 6:3–5; Tit. 1:10, 11, 13; 3:10 con Mt. 18:15–17; 1 Ti. 1:19, 20; Ap. 2:2, 14, 15, 20; 3:9

Capítulo 21

Del culto religioso y del sábado

  1. 1.La luz de la naturaleza muestra que hay un Dios, que tiene señorío y soberanía sobre todo; que es bueno y hace bien a todos; y que, por tanto, ha de ser temido, amado, alabado, invocado, confiado y servido con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. Pero la manera aceptable de adorar al Dios verdadero ha sido instituida por él mismo, y está tan limitada por su propia voluntad revelada, que no se le puede adorar según las imaginaciones e invenciones de los hombres, ni las sugerencias de Satanás, bajo ninguna representación visible, ni de ninguna otra manera no prescrita en la Santa Escritura.

    Ro. 1:20; Hch. 17:24; Sal. 119:68; Jer. 10:7; Sal. 31:23; 18:3; Ro. 10:12; Sal. 62:8; Jos. 24:14; Mr. 12:33; Dt. 12:32; Mt. 15:9; Hch. 17:25; Mt. 4:9, 10; Dt. 4:15–20; Éx. 20:4–6; Col. 2:23

  2. 2.El culto religioso ha de ser dado a Dios —Padre, Hijo y Espíritu Santo— y a él solo; no a ángeles, ni a santos, ni a ninguna otra criatura; y, desde la caída, no sin un Mediador, ni por la mediación de ningún otro sino solo de Cristo.

    Mt. 4:10 con Jn. 5:23 y 2 Co. 13:14; Col. 2:18; Ap. 19:10; Ro. 1:25; Jn. 14:6; 1 Ti. 2:5; Ef. 2:18; Col. 3:17

  3. 3.La oración con acción de gracias, siendo una parte especial del culto religioso, es exigida por Dios a todos los hombres; y, para que sea aceptada, ha de hacerse en el nombre del Hijo, con la ayuda de su Espíritu, conforme a su voluntad, con entendimiento, reverencia, humildad, fervor, fe, amor y perseverancia; y, si es vocal, en una lengua conocida.

    Fil. 4:6; Sal. 65:2; Jn. 14:13, 14; 1 P. 2:5; Ro. 8:26; 1 Jn. 5:14; Sal. 47:7; Ec. 5:1, 2; Heb. 12:28; Gn. 18:27; Stg. 5:16; 1:6, 7; Mr. 11:24; Mt. 6:12, 14, 15; Col. 4:2; Ef. 6:18; 1 Co. 14:14

  4. 4.La oración ha de hacerse por cosas lícitas, y por toda clase de hombres vivos, o que vivirán después; pero no por los muertos, ni por aquellos de quienes pueda saberse que han cometido el pecado de muerte.

    1 Jn. 5:14; 1 Ti. 2:1, 2; Jn. 17:20; 2 S. 7:29; Rt. 4:12; 2 S. 12:21–23 con Lc. 16:25, 26; Ap. 14:13; 1 Jn. 5:16

  5. 5.La lectura de las Escrituras con temor piadoso; la sólida predicación y la concienzuda audición de la Palabra, en obediencia a Dios, con entendimiento, fe y reverencia; el canto de salmos con gracia en el corazón; como también la debida administración y la digna recepción de los sacramentos instituidos por Cristo, son todas partes del culto religioso ordinario de Dios; además de los juramentos religiosos, los votos, los ayunos solemnes y las acciones de gracias en ocasiones especiales, los cuales, en sus distintos tiempos y sazones, han de usarse de manera santa y religiosa.

    Hch. 15:21; Ap. 1:3; 2 Ti. 4:2; Stg. 1:22; Hch. 10:33; Mt. 13:19; Heb. 4:2; Is. 66:2; Col. 3:16; Ef. 5:19; Stg. 5:13; Mt. 28:19; 1 Co. 11:23–29; Hch. 2:42; Dt. 6:13 con Neh. 10:29; Is. 19:21 con Ec. 5:4, 5; Jl. 2:12; Est. 4:16; Mt. 9:15; 1 Co. 7:5; Sal. 107; Est. 9:22; Éx. 15:1–19; Sal. 92

  6. 6.Ni la oración, ni ninguna otra parte del culto religioso, está ahora, bajo el evangelio, atada a lugar alguno en que se realice o hacia el cual se dirija, ni se hace más aceptable por él; sino que Dios ha de ser adorado en todas partes, en espíritu y en verdad: tanto en las familias en privado, diariamente, y en secreto cada uno por sí mismo, como de manera más solemne en las asambleas públicas, las cuales no han de ser descuidadas ni abandonadas, por negligencia o voluntariamente, cuando Dios, por su Palabra o providencia, llama a ellas.

    Jn. 4:21; Mal. 1:11; 1 Ti. 2:8; Jn. 4:23, 24; Jer. 10:25; Dt. 6:6, 7; Job 1:5; 2 S. 6:18, 20; 1 P. 3:7; Hch. 10:2; Mt. 6:11; 6:6; Ef. 6:18; Is. 56:6, 7; Heb. 10:25; Pr. 1:20, 21, 24; 8:34; Hch. 13:42; Lc. 4:16; Hch. 2:42

  7. 7.Así como es de la ley de la naturaleza que, en general, una debida proporción de tiempo sea apartada para el culto de Dios, así también, en su Palabra, por un mandamiento positivo, moral y perpetuo que obliga a todos los hombres en todas las edades, él ha destinado particularmente un día de cada siete para sábado, a fin de que le sea santificado; el cual, desde el principio del mundo hasta la resurrección de Cristo, fue el último día de la semana; y, desde la resurrección de Cristo, fue cambiado al primer día de la semana, que en la Escritura es llamado el día del Señor, y que ha de continuar hasta el fin del mundo como el sábado cristiano.

    Éx. 20:8, 10, 11; Is. 56:2, 4, 6, 7; Gn. 2:2, 3; 1 Co. 16:1, 2; Hch. 20:7; Ap. 1:10; Éx. 20:8, 10 con Mt. 5:17, 18

  8. 8.Este sábado es santificado al Señor cuando los hombres, después de una debida preparación de sus corazones y de haber arreglado de antemano sus asuntos comunes, no solo observan un santo descanso, todo el día, de sus propias obras, palabras y pensamientos acerca de sus ocupaciones y recreaciones mundanas, sino que también ocupan todo el tiempo en los ejercicios públicos y privados de su culto, y en los deberes de necesidad y de misericordia.

    Éx. 20:8; 16:23, 25, 26, 29, 30; 31:15–17; Is. 58:13; Neh. 13:15–22; Mt. 12:1–13

Capítulo 22

De los juramentos y votos lícitos

  1. 1.Un juramento lícito es una parte del culto religioso, en el cual, en ocasión justa, la persona que jura pone solemnemente a Dios por testigo de lo que asevera o promete, y lo invoca como juez conforme a la verdad o falsedad de lo que jura.

    Dt. 10:20; Éx. 20:7; Lv. 19:12; 2 Co. 1:23; 2 Cr. 6:22, 23

  2. 2.Solo por el nombre de Dios deben jurar los hombres, y en ello ha de ser usado con todo santo temor y reverencia. Por tanto, jurar vana o temerariamente por ese Nombre glorioso y temible, o jurar del todo por cualquier otra cosa, es pecaminoso y ha de ser aborrecido. Sin embargo, así como en asuntos de peso y de importancia el juramento está autorizado por la Palabra de Dios, bajo el nuevo testamento tanto como bajo el antiguo, así también un juramento lícito, impuesto por autoridad legítima, debe prestarse en tales asuntos.

    Dt. 6:13; Éx. 20:7; Jer. 5:7; Mt. 5:34, 37; Stg. 5:12; Heb. 6:16; 2 Co. 1:23; Is. 65:16; 1 R. 8:31; Neh. 13:25; Esd. 10:5

  3. 3.Cualquiera que presta un juramento debe considerar debidamente el peso de un acto tan solemne, y no aseverar en él sino aquello de cuya verdad está plenamente persuadido; y nadie puede obligarse por juramento sino a lo que es bueno y justo, a lo que cree que así es, y a lo que es capaz de cumplir y está resuelto a cumplir.

    Éx. 20:7; Jer. 4:2; Gn. 24:2, 3, 5, 6, 8, 9

  4. 4.El juramento ha de prestarse en el sentido llano y común de las palabras, sin equivocación ni reserva mental. No puede obligar a pecar; pero en cualquier cosa no pecaminosa, una vez prestado, obliga a su cumplimiento, aunque sea para daño del propio hombre; y no ha de ser violado, aunque se haya hecho a herejes o a infieles.

    Jer. 4:2; Sal. 24:4; 1 S. 25:22, 32–34; Sal. 15:4; Ez. 17:16, 18, 19; Jos. 9:18, 19 con 2 S. 21:1

  5. 5.El voto es de naturaleza semejante a la del juramento promisorio, y debe hacerse con el mismo cuidado religioso y cumplirse con la misma fidelidad.

    Is. 19:21; Ec. 5:4–6; Sal. 61:8; 66:13, 14

  6. 6.No ha de hacerse a ninguna criatura, sino a Dios solo; y, para que sea aceptado, ha de hacerse voluntariamente, con fe y conciencia del deber, en acción de gratitud por misericordia recibida o para obtener lo que necesitamos; por lo cual nos obligamos más estrictamente a deberes necesarios, o a otras cosas, en cuanto y mientras conduzcan apropiadamente a ello.

    Sal. 76:11; Jer. 44:25, 26; Dt. 23:21–23; Sal. 50:14; Gn. 28:20–22; 1 S. 1:11; Sal. 66:13, 14; 132:2–5

  7. 7.Nadie puede hacer voto de algo prohibido en la Palabra de Dios, o que impida algún deber en ella mandado, o que no esté en su propio poder, y para cuyo cumplimiento no tiene promesa de capacidad de parte de Dios. En estos respectos, los votos monásticos papistas de celibato perpetuo, pobreza profesada y obediencia regular, tan lejos están de ser grados de perfección superior, que son lazos supersticiosos y pecaminosos en los cuales ningún cristiano puede enredarse.

    Hch. 23:12, 14; Mr. 6:26; Nm. 30:5, 8, 12, 13; Mt. 19:11, 12; 1 Co. 7:2, 9; Ef. 4:28; 1 P. 4:2; 1 Co. 7:23

Capítulo 23

Del magistrado civil

  1. 1.Dios, el supremo Señor y Rey de todo el mundo, ha ordenado magistrados civiles para que estén, bajo él, sobre el pueblo, para su propia gloria y el bien público; y, para este fin, los ha armado con el poder de la espada, para la defensa y el estímulo de los buenos y para el castigo de los malhechores.

    Ro. 13:1–4; 1 P. 2:13, 14

  2. 2.Es lícito a los cristianos aceptar y ejercer el oficio de magistrado cuando son llamados a ello; en cuyo desempeño, así como deben mantener especialmente la piedad, la justicia y la paz, conforme a las sanas leyes de cada república, así también, para ese fin, pueden lícitamente, ahora bajo el nuevo testamento, hacer la guerra en ocasión justa y necesaria.

    Pr. 8:15, 16; Ro. 13:1, 2, 4; Sal. 2:10–12; 1 Ti. 2:2; Sal. 82:3, 4; 2 S. 23:3; 1 P. 2:13; Lc. 3:14; Ro. 13:4; Mt. 8:9, 10; Hch. 10:1, 2; Ap. 17:14, 16

  3. 3.Los magistrados civiles no pueden atribuirse la administración de la Palabra y los sacramentos, ni el poder de las llaves del reino de los cielos, ni interferir en lo más mínimo en asuntos de fe. Sin embargo, como padres nutricios, es deber de los magistrados civiles proteger a la Iglesia de nuestro común Señor, sin dar preferencia a ninguna denominación de cristianos sobre las demás, de tal manera que todas las personas eclesiásticas, cualesquiera que sean, gocen de la plena, libre e incuestionada libertad de desempeñar cada parte de sus funciones sagradas, sin violencia ni peligro. Y, como Jesucristo ha designado un gobierno y una disciplina regulares en su Iglesia, ninguna ley de república alguna debe interferir con el debido ejercicio de ellos entre los miembros voluntarios de cualquier denominación de cristianos, conforme a su propia profesión y creencia, ni estorbarlo o impedirlo. Es deber de los magistrados civiles proteger la persona y la buena reputación de todo su pueblo, de manera tan eficaz que a ninguna persona se le permita, bajo pretexto de religión o de incredulidad, inferir indignidad, violencia, abuso o injuria alguna a ninguna otra persona; y cuidar de que todas las asambleas religiosas y eclesiásticas se celebren sin molestia ni perturbación.

    2 Cr. 26:18; Mt. 16:19; 1 Co. 4:1, 2; Jn. 18:36; Mal. 2:7; Hch. 5:29; Is. 49:23; Sal. 105:15; Hch. 18:14–16; 2 S. 23:3; 1 Ti. 2:1; Ro. 13:4

  4. 4.Es deber del pueblo orar por los magistrados, honrar sus personas, pagarles tributo u otros derechos, obedecer sus mandatos lícitos y estar sujetos a su autoridad por causa de la conciencia. La incredulidad o la diferencia en religión no anula la autoridad justa y legal de los magistrados, ni libra al pueblo de la debida obediencia a ellos; de la cual no están exentas las personas eclesiásticas; mucho menos tiene el Papa poder y jurisdicción sobre ellos en sus dominios, ni sobre ninguno de sus pueblos; y menos que nada para privarlos de sus dominios o de sus vidas, si los juzgare herejes, o bajo cualquier otro pretexto.

    1 Ti. 2:1, 2; 1 P. 2:17; Ro. 13:6, 7; Ro. 13:5; Tit. 3:1; 1 P. 2:13, 14, 16; Ro. 13:1; 1 R. 2:35; Hch. 25:9–11; 2 P. 2:1, 10, 11; Jud. 8–11; 2 Ts. 2:4; Ap. 13:15–17

Capítulo 24

Del matrimonio y del divorcio

  1. 1.El matrimonio ha de ser entre un hombre y una mujer; y no es lícito a ningún hombre tener más de una esposa, ni a ninguna mujer tener más de un marido, al mismo tiempo.

    Gn. 2:24; Mt. 19:5, 6; Pr. 2:17

  2. 2.El matrimonio fue ordenado para la ayuda mutua de marido y mujer; para el aumento de la humanidad con una descendencia legítima, y de la Iglesia con una simiente santa; y para prevenir la impureza.

    Gn. 2:18; Mal. 2:15; 1 Co. 7:2, 9

  3. 3.Es lícito casarse a toda clase de personas que sean capaces de dar su consentimiento con juicio. Sin embargo, es deber de los cristianos casarse solamente en el Señor. Y, por tanto, los que profesan la verdadera religión reformada no deben casarse con infieles, papistas u otros idólatras; ni deben los piadosos unirse en yugo desigual, casándose con quienes son notoriamente impíos en su vida o sostienen herejías condenables.

    Heb. 13:4; 1 Ti. 4:3; 1 Co. 7:36–38; Gn. 24:57, 58; 1 Co. 7:39; Gn. 34:14; Éx. 34:16; Dt. 7:3, 4; 1 R. 11:4; Neh. 13:25–27; Mal. 2:11, 12; 2 Co. 6:14

  4. 4.El matrimonio no debe contraerse dentro de los grados de consanguinidad o afinidad prohibidos por la Palabra; ni pueden tales matrimonios incestuosos ser jamás legitimados por ley alguna de hombres ni por consentimiento de las partes, de modo que esas personas puedan vivir juntas como marido y mujer.

    Lv. 18; 1 Co. 5:1; Am. 2:7; Mr. 6:18; Lv. 18:24–28

  5. 5.El adulterio o la fornicación cometidos después de un contrato de esponsales, si son descubiertos antes del matrimonio, dan justa ocasión a la parte inocente para disolver aquel contrato. En el caso de adulterio después del matrimonio, es lícito a la parte inocente demandar el divorcio, y, después del divorcio, casarse con otra persona, como si la parte ofensora hubiera muerto.

    Mt. 1:18–20; Mt. 5:31, 32; Mt. 19:9; Ro. 7:2, 3

  6. 6.Aunque la corrupción del hombre sea tal que esté inclinada a estudiar argumentos para separar indebidamente a los que Dios ha unido en matrimonio, sin embargo, nada sino el adulterio, o una deserción voluntaria que no pueda de ningún modo ser remediada por la Iglesia ni por el magistrado civil, es causa suficiente para disolver el vínculo del matrimonio; en lo cual ha de observarse un procedimiento público y ordenado, sin que las personas implicadas queden libradas a su propia voluntad y discreción en su propia causa.

    Mt. 19:8, 9; 1 Co. 7:15; Mt. 19:6; Dt. 24:1–4

Sección VI

La iglesia, los sacramentos y lo último

La comunidad redimida y la esperanza eterna

Capítulo 25

De la Iglesia

  1. 1.La Iglesia católica o universal, que es invisible, consiste en el número total de los elegidos que han sido, son o serán reunidos en uno bajo Cristo, su Cabeza; y es la esposa, el cuerpo, la plenitud de aquel que llena todo en todos.

    Ef. 1:10, 22, 23; 5:23, 27, 32; Col. 1:18

  2. 2.La Iglesia visible, que también es católica o universal bajo el evangelio (no confinada a una sola nación, como antes bajo la ley), consiste en todos aquellos que, por todo el mundo, profesan la verdadera religión, y en sus hijos; y es el reino del Señor Jesucristo, la casa y familia de Dios, fuera de la cual no hay posibilidad ordinaria de salvación.

    1 Co. 1:2; 12:12, 13; Sal. 2:8; Ap. 7:9; Ro. 15:9–12; 1 Co. 7:14; Hch. 2:39; Ez. 16:20, 21; Ro. 11:16; Gn. 3:15; 17:7; Mt. 13:47; Is. 9:7; Ef. 2:19; 3:15; Hch. 2:47

  3. 3.A esta Iglesia católica visible Cristo ha dado el ministerio, los oráculos y las instituciones de Dios, para la reunión y el perfeccionamiento de los santos, en esta vida, hasta el fin del mundo; y por su propia presencia y Espíritu, según su promesa, los hace eficaces para ello.

    1 Co. 12:28; Ef. 4:11–13; Mt. 28:19, 20; Is. 59:21

  4. 4.Esta Iglesia católica ha sido a veces más, a veces menos visible. Y las iglesias particulares, que son miembros de ella, son más o menos puras, según que la doctrina del evangelio sea enseñada y abrazada, las instituciones administradas y el culto público celebrado en ellas con mayor o menor pureza.

    Ro. 11:3, 4; Ap. 12:6, 14; Ap. 2 y 3; 1 Co. 5:6, 7

  5. 5.Las iglesias más puras bajo el cielo están sujetas tanto a mezcla como a error; y algunas han degenerado tanto que han llegado a ser no iglesias de Cristo, sino sinagogas de Satanás. Sin embargo, siempre habrá una Iglesia en la tierra para adorar a Dios conforme a su voluntad.

    1 Co. 13:12; Ap. 2 y 3; Mt. 13:24–30, 47; Ap. 18:2; Ro. 11:18–22; Mt. 16:18; Sal. 72:17; 102:28; Mt. 28:19, 20

  6. 6.No hay otra Cabeza de la Iglesia sino el Señor Jesucristo; ni puede el Papa de Roma, en ningún sentido, ser cabeza de ella.

    Col. 1:18; Ef. 1:22

Capítulo 26

De la comunión de los santos

  1. 1.Todos los santos que están unidos a Jesucristo, su Cabeza, por su Espíritu y por la fe, tienen comunión con él en sus gracias, padecimientos, muerte, resurrección y gloria; y, unidos unos a otros en amor, tienen comunión en los dones y gracias de cada uno, y están obligados al cumplimiento de aquellos deberes, públicos y privados, que conducen a su bien mutuo, tanto en el hombre interior como en el exterior.

    1 Jn. 1:3; Ef. 3:16–19; Jn. 1:16; Ef. 2:5, 6; Fil. 3:10; Ro. 6:5, 6; 2 Ti. 2:12; 1 Co. 12:7; 3:21–23; Col. 2:19; 1 Ts. 5:11, 14; Ro. 1:11, 12, 14; 1 Jn. 3:16–18; Gá. 6:10

  2. 2.Los santos por profesión están obligados a mantener una santa hermandad y comunión en el culto de Dios y en el cumplimiento de aquellos otros servicios espirituales que tienden a su mutua edificación, como también a socorrerse unos a otros en las cosas externas, según las capacidades y necesidades de cada uno. La cual comunión, según Dios ofrezca oportunidad, ha de extenderse a todos los que, en todo lugar, invocan el nombre del Señor Jesús.

    Heb. 10:24, 25; Hch. 2:42, 46; Is. 2:3; 1 Co. 11:20; Hch. 2:44, 45; 1 Jn. 3:17; 2 Co. 8 y 9; Hch. 11:29, 30; 1 Co. 1:2

  3. 3.Esta comunión que los santos tienen con Cristo no los hace en manera alguna partícipes de la sustancia de su divinidad, ni iguales a Cristo en ningún respecto; afirmar cualquiera de las dos cosas es impío y blasfemo. Ni su comunión de unos con otros, como santos, quita o menoscaba el título o propiedad que cada hombre tiene en sus bienes y posesiones.

    Col. 1:18, 19; 1 Co. 8:6; Is. 42:8; 1 Ti. 6:15, 16; Sal. 45:7 con Heb. 1:8, 9; Éx. 20:15; Ef. 4:28; Hch. 5:4

Capítulo 27

De los sacramentos

  1. 1.Los sacramentos son signos y sellos santos del pacto de gracia, instituidos inmediatamente por Dios, para representar a Cristo y sus beneficios, y para confirmar nuestro interés en él; como también para poner una diferencia visible entre los que pertenecen a la Iglesia y el resto del mundo, y para comprometerlos solemnemente al servicio de Dios en Cristo, conforme a su Palabra.

    Ro. 4:11; Gn. 17:7, 10; Mt. 28:19; 1 Co. 11:23; 1 Co. 10:16; 11:25, 26; Gá. 3:27; Ro. 15:8; Éx. 12:48; Gn. 34:14; Ro. 6:3, 4; 1 Co. 10:16, 21

  2. 2.Hay en cada sacramento una relación espiritual, o unión sacramental, entre el signo y la cosa significada; de donde resulta que los nombres y efectos del uno se atribuyen al otro.

    Gn. 17:10; Mt. 26:27, 28; Tit. 3:5

  3. 3.La gracia que es exhibida en o por los sacramentos, rectamente usados, no es conferida por ningún poder que haya en ellos; ni la eficacia de un sacramento depende de la piedad o intención del que lo administra, sino de la obra del Espíritu y de la palabra de institución, la cual contiene, junto con un precepto que autoriza su uso, una promesa de beneficio para los que los reciben dignamente.

    Ro. 2:28, 29; 1 P. 3:21; Mt. 3:11; 1 Co. 12:13; Mt. 26:27, 28; 28:19, 20

  4. 4.Hay solo dos sacramentos ordenados por Cristo nuestro Señor en el evangelio, a saber, el bautismo y la cena del Señor; ninguno de los cuales puede ser administrado sino por un ministro de la Palabra legítimamente ordenado.

    Mt. 28:19; 1 Co. 11:20, 23; 4:1; Heb. 5:4

  5. 5.Los sacramentos del antiguo testamento, en cuanto a las cosas espirituales por ellos significadas y exhibidas, fueron, en sustancia, los mismos que los del nuevo.

    1 Co. 10:1–4

Capítulo 28

Del bautismo

  1. 1.El bautismo es un sacramento del nuevo testamento, ordenado por Jesucristo, no solo para la admisión solemne de la persona bautizada en la Iglesia visible, sino también para que le sea signo y sello del pacto de gracia, de su injerto en Cristo, de la regeneración, de la remisión de los pecados y de su entrega a Dios, por Jesucristo, para andar en novedad de vida; el cual sacramento, por mandato del propio Cristo, ha de continuarse en su Iglesia hasta el fin del mundo.

    Mt. 28:19; 1 Co. 12:13; Gá. 3:27; Ro. 4:11 con Col. 2:11, 12; Ro. 6:5; Tit. 3:5; Mr. 1:4; Ro. 6:3, 4; Mt. 28:19, 20

  2. 2.El elemento externo que ha de usarse en este sacramento es el agua, con la cual la persona ha de ser bautizada en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, por un ministro del evangelio legítimamente llamado para ello.

    Mt. 3:11; Jn. 1:33; Mt. 28:19, 20

  3. 3.La inmersión de la persona en el agua no es necesaria, sino que el bautismo es rectamente administrado derramando o rociando agua sobre la persona.

    Heb. 9:10, 19–22; Hch. 2:41; 16:33; Mr. 7:4

  4. 4.No solo los que efectivamente profesan fe en Cristo y obediencia a él, sino también los infantes de uno o ambos padres creyentes, han de ser bautizados.

    Mr. 16:15, 16; Hch. 8:37, 38; Gn. 17:7, 9 con Gá. 3:9, 14 y Col. 2:11, 12 y Hch. 2:38, 39 y Ro. 4:11, 12; 1 Co. 7:14; Mt. 28:19; Mr. 10:13–16; Lc. 18:15

  5. 5.Aunque sea un gran pecado menospreciar o descuidar esta institución, sin embargo, la gracia y la salvación no están tan inseparablemente unidas a ella, que ninguna persona pueda ser regenerada o salvada sin ella, o que todos los bautizados sean indudablemente regenerados.

    Lc. 7:30 con Éx. 4:24–26; Ro. 4:11; Hch. 10:2, 4, 22, 31, 45, 47; Hch. 8:13, 23

  6. 6.La eficacia del bautismo no está atada a aquel momento del tiempo en que es administrado; sin embargo, por el recto uso de esta institución, la gracia prometida no solo es ofrecida, sino realmente exhibida y conferida por el Espíritu Santo a aquellos (sean adultos o infantes) a quienes esa gracia pertenece, según el consejo de la propia voluntad de Dios, en su tiempo señalado.

    Jn. 3:5, 8; Gá. 3:27; Tit. 3:5; Ef. 5:25, 26; Hch. 2:38, 41

  7. 7.El sacramento del bautismo ha de ser administrado una sola vez a cualquier persona.

    Tit. 3:5

Capítulo 29

De la cena del Señor

  1. 1.Nuestro Señor Jesús, la noche en que fue entregado, instituyó el sacramento de su cuerpo y sangre, llamado la cena del Señor, para que fuera observado en su Iglesia hasta el fin del mundo, para el recuerdo perpetuo del sacrificio de sí mismo en su muerte; para el sellamiento de todos sus beneficios a los verdaderos creyentes; para su alimento espiritual y crecimiento en él; para su mayor compromiso en y con todos los deberes que le deben; y para que fuera vínculo y prenda de su comunión con él y de unos con otros, como miembros de su cuerpo místico.

    1 Co. 11:23–26; 10:16, 17, 21; 12:13

  2. 2.En este sacramento Cristo no es ofrecido a su Padre, ni se hace en él sacrificio real alguno para la remisión de los pecados de los vivos o de los muertos, sino solo una conmemoración de aquella única ofrenda de sí mismo, por sí mismo, en la cruz, una sola vez para siempre, y una oblación espiritual de toda la alabanza posible a Dios por ella; de modo que el sacrificio papista de la misa, como lo llaman, es abominablemente injurioso al único sacrificio de Cristo, la sola propiciación por todos los pecados de los elegidos.

    Heb. 9:22, 25, 26, 28; 1 Co. 11:24–26; Mt. 26:26, 27; Heb. 7:23, 24, 27; 10:11, 12, 14, 18

  3. 3.El Señor Jesús ha designado, en esta institución, a sus ministros para declarar al pueblo su palabra de institución; para orar y bendecir los elementos del pan y del vino, y apartarlos así de un uso común a uno santo; y para tomar y partir el pan, tomar la copa y (participando también ellos mismos) dar ambos a los comulgantes; pero a ninguno que no esté entonces presente en la congregación.

    Mt. 26:26–28; Mr. 14:22–24; Lc. 22:19, 20 con 1 Co. 11:23–26; Hch. 20:7; 1 Co. 11:20

  4. 4.Las misas privadas, o la recepción de este sacramento por un sacerdote, o por cualquier otro, a solas; como también la negación de la copa al pueblo; la adoración de los elementos, su elevación o el llevarlos en procesión para que sean adorados, y su reserva para cualquier pretendido uso religioso, son todas cosas contrarias a la naturaleza de este sacramento y a la institución de Cristo.

    1 Co. 10:6; Mr. 14:23; 1 Co. 11:25–29; Mt. 15:9

  5. 5.Los elementos externos de este sacramento, debidamente apartados para los usos ordenados por Cristo, tienen tal relación con él crucificado, que verdadera, aunque solo sacramentalmente, son llamados a veces por el nombre de las cosas que representan, a saber, el cuerpo y la sangre de Cristo; si bien, en sustancia y naturaleza, siguen siendo verdadera y únicamente pan y vino, como eran antes.

    Mt. 26:26–28; 1 Co. 11:26–28; Mt. 26:29

  6. 6.La doctrina que sostiene un cambio de la sustancia del pan y del vino en la sustancia del cuerpo y la sangre de Cristo (comúnmente llamada transubstanciación), por la consagración de un sacerdote o de cualquier otro modo, es repugnante no solo a la Escritura, sino aun al sentido común y a la razón; destruye la naturaleza del sacramento; y ha sido y es causa de múltiples supersticiones, y aun de crasas idolatrías.

    Hch. 3:21 con 1 Co. 11:24–26; Lc. 24:6, 39

  7. 7.Los que reciben dignamente este sacramento, participando externamente de sus elementos visibles, también entonces internamente, por la fe, real y verdaderamente —no de manera carnal y corporal, sino espiritual—, reciben a Cristo crucificado y se alimentan de él y de todos los beneficios de su muerte; pues el cuerpo y la sangre de Cristo no están entonces corporal o carnalmente en, con o bajo el pan y el vino; pero están tan real, aunque espiritualmente, presentes a la fe de los creyentes en esa institución, como los elementos mismos lo están a sus sentidos externos.

    1 Co. 11:28; 10:16

  8. 8.Aunque los hombres ignorantes y malvados reciban los elementos externos de este sacramento, no reciben sin embargo la cosa significada por ellos, sino que, por su indigno acercamiento, se hacen culpables del cuerpo y de la sangre del Señor, para su propia condenación. Por lo cual, todas las personas ignorantes e impías, así como no son aptas para gozar de comunión con él, así también son indignas de la mesa del Señor; y no pueden, sin gran pecado contra Cristo, mientras permanezcan tales, participar de estos santos misterios, ni ser admitidas a ellos.

    1 Co. 11:27, 28; 2 Co. 6:14–16; 1 Co. 5:6, 7, 13; 2 Ts. 3:6, 14, 15; Mt. 7:6

Capítulo 30

De las censuras de la Iglesia

  1. 1.El Señor Jesús, como Rey y Cabeza de su Iglesia, ha designado en ella un gobierno en mano de oficiales de la Iglesia, distinto del magistrado civil.

    Is. 9:6, 7; 1 Ti. 5:17; 1 Ts. 5:12; Hch. 20:17, 28; Heb. 13:7, 17, 24; 1 Co. 12:28; Mt. 28:18–20

  2. 2.A estos oficiales les han sido confiadas las llaves del reino de los cielos, en virtud de las cuales tienen poder, respectivamente, para retener y remitir pecados; para cerrar ese reino a los impenitentes, tanto por la Palabra como por las censuras; y para abrirlo a los pecadores penitentes, por el ministerio del evangelio y por la absolución de las censuras, según la ocasión lo requiera.

    Mt. 16:19; 18:17, 18; Jn. 20:21–23; 2 Co. 2:6–8

  3. 3.Las censuras de la Iglesia son necesarias para recuperar y ganar a los hermanos que han ofendido; para disuadir a otros de ofensas semejantes; para purgar aquella levadura que podría infectar toda la masa; para vindicar el honor de Cristo y la santa profesión del evangelio; y para prevenir la ira de Dios, que justamente podría caer sobre la Iglesia si ella tolerara que su pacto, y los sellos de él, fueran profanados por ofensores notorios y obstinados.

    1 Co. 5; 1 Ti. 5:20; Mt. 7:6; 1 Ti. 1:20; 1 Co. 11:27–34 con Jud. 23

  4. 4.Para mejor alcanzar estos fines, los oficiales de la Iglesia deben proceder por la admonición; por la suspensión del sacramento de la cena del Señor por un tiempo; y por la excomunión de la Iglesia, según la naturaleza del delito y el demérito de la persona.

    1 Ts. 5:12; 2 Ts. 3:6, 14, 15; 1 Co. 5:4, 5, 13; Mt. 18:17; Tit. 3:10

Capítulo 31

De los sínodos y concilios

  1. 1.Para el mejor gobierno y la mayor edificación de la Iglesia, debe haber asambleas tales como las que comúnmente se llaman sínodos o concilios; y pertenece a los supervisores y demás gobernantes de las iglesias particulares, en virtud de su oficio y del poder que Cristo les ha dado para edificación y no para destrucción, convocar tales asambleas, y reunirse en ellas cuantas veces juzguen conveniente para el bien de la Iglesia.

    Hch. 15:2–4, 6, 22, 23, 25

  2. 2.Pertenece a los sínodos y concilios determinar ministerialmente controversias de fe y casos de conciencia; establecer reglas y directrices para el mejor ordenamiento del culto público de Dios y del gobierno de su Iglesia; recibir quejas en casos de mala administración y determinarlas autoritativamente; cuyos decretos y determinaciones, si son conformes a la Palabra de Dios, han de ser recibidos con reverencia y sumisión, no solo por su conformidad con la Palabra, sino también por el poder por el cual son hechos, por ser una ordenanza de Dios, designada para ello en su Palabra.

    Hch. 15:15, 19, 24, 27–31; 16:4; Mt. 18:17–20

  3. 3.Todos los sínodos o concilios desde los tiempos de los apóstoles, sean generales o particulares, pueden errar, y muchos han errado; por tanto, no han de ser constituidos en regla de fe o de práctica, sino usados como ayuda en ambas.

    Ef. 2:20; Hch. 17:11; 1 Co. 2:5; 2 Co. 1:24

  4. 4.Los sínodos y concilios no han de tratar ni concluir sino lo que es eclesiástico; y no han de entrometerse en asuntos civiles que conciernen a la república, salvo por vía de humilde petición en casos extraordinarios, o por vía de consejo para satisfacción de conciencia, si son requeridos para ello por el magistrado civil.

    Lc. 12:13, 14; Jn. 18:36

Capítulo 32

Del estado de los hombres después de la muerte y de la resurrección de los muertos

  1. 1.Los cuerpos de los hombres, después de la muerte, vuelven al polvo y ven corrupción; pero sus almas (que ni mueren ni duermen), teniendo una subsistencia inmortal, vuelven inmediatamente a Dios, quien las dio. Las almas de los justos, siendo entonces perfeccionadas en santidad, son recibidas en los cielos altísimos, donde contemplan el rostro de Dios en luz y gloria, esperando la plena redención de sus cuerpos; y las almas de los malvados son arrojadas al infierno, donde permanecen en tormentos y en densas tinieblas, reservadas para el juicio del gran día. Fuera de estos dos lugares para las almas separadas de sus cuerpos, la Escritura no reconoce ninguno.

    Gn. 3:19; Hch. 13:36; Lc. 23:43; Ec. 12:7; Heb. 12:23; 2 Co. 5:1, 6, 8; Fil. 1:23 con Hch. 3:21 y Ef. 4:10; Lc. 16:23, 24; Hch. 1:25; Jud. 6, 7; 1 P. 3:19

  2. 2.En el último día, los que se hallen vivos no morirán, sino que serán transformados; y todos los muertos serán resucitados con los mismos cuerpos, y no otros, aunque con cualidades diferentes, los cuales serán unidos de nuevo a sus almas para siempre.

    1 Ts. 4:17; 1 Co. 15:51, 52; Job 19:26, 27; 1 Co. 15:42–44

  3. 3.Los cuerpos de los injustos serán resucitados para deshonra, por el poder de Cristo; los cuerpos de los justos, para honra, por su Espíritu, y serán hechos conformes a su propio cuerpo glorioso.

    Hch. 24:15; Jn. 5:28, 29; 1 Co. 15:43; Fil. 3:21

Capítulo 33

Del juicio final

  1. 1.Dios ha designado un día en el cual juzgará al mundo con justicia por Jesucristo, a quien todo poder y juicio le han sido dados por el Padre. En aquel día, no solo serán juzgados los ángeles apóstatas, sino que también todas las personas que han vivido sobre la tierra comparecerán ante el tribunal de Cristo, para dar cuenta de sus pensamientos, palabras y obras, y para recibir conforme a lo que hayan hecho en el cuerpo, sea bueno o malo.

    Hch. 17:31; Jn. 5:22, 27; 1 Co. 6:3; Jud. 6; 2 P. 2:4; 2 Co. 5:10; Ec. 12:14; Ro. 2:16; 14:10, 12; Mt. 12:36, 37

  2. 2.El fin de Dios al designar este día es la manifestación de la gloria de su misericordia en la salvación eterna de los elegidos, y de su justicia en la condenación de los réprobos, que son malvados y desobedientes. Porque entonces los justos irán a la vida eterna, y recibirán aquella plenitud de gozo y de refrigerio que vendrá de la presencia del Señor; pero los malvados, que no conocen a Dios y no obedecen al evangelio de Jesucristo, serán arrojados a tormentos eternos, y castigados con perdición eterna, lejos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder.

    Mt. 25:31–46; Ro. 2:5, 6; 9:22, 23; Mt. 25:21; Hch. 3:19; 2 Ts. 1:7–10

  3. 3.Así como Cristo quiere que estemos ciertamente persuadidos de que habrá un día de juicio, tanto para disuadir a todos los hombres del pecado como para mayor consuelo de los piadosos en su adversidad, así también quiere que ese día sea desconocido para los hombres, para que se desprendan de toda seguridad carnal y estén siempre vigilantes —porque no saben a qué hora vendrá el Señor—, y estén siempre preparados para decir: Ven, Señor Jesús, ven pronto. Amén.

    2 P. 3:11, 14; 2 Co. 5:10, 11; 2 Ts. 1:5–7; Lc. 21:7, 28; Ro. 8:23–25; Mt. 24:36, 42–44; Mr. 13:35–37; Lc. 12:35, 36; Ap. 22:20

«El consejo de Jehová permanecerá para siempre» — Salmo 33:11

Si quieres conocer cómo se vive esta confesión en una iglesia local, te invitamos a leer cómo somos y cómo adoramos.